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Héroes anónimos

Christopher Knafelc, de 32 años, no hubiera pasado de ser un anónimo pasajero que esperaba un tren en el norte de Filadelfia hasta que se lanzó a las vías para rescatar a un hombre que acababa de caer.

Knafelc se expuso a quedar electrocutado o a ser arrollado por el tren que llegaría en cualquier momento. Lo hizo por alguien que quizá nunca había visto en su vida.

"Yo estaba 99.9% seguro de que no me electrocutaría", dijo el audaz joven al periódico Philadelphia Daily News. "No creo que (las vías) puedan electrocutarlo a uno, porque mucha gente resultaría herida… pero tenía un plan: si venía, el tren iba a hacerlo rodar debajo. O, si no podía, iba pedir a alguien que saltara para ayudarme a hacerlo rodar", explicó.

Sostuvo la cabeza y el cuello del hombre hasta que llegaron los bomberos, al tiempo que el tráfico de trenes fue detenido.

El jefe de policía de la Autoridad de Transporte del Sudeste de Pensilvania, Thomas Nestel, calificó a Knafelc de héroe "típico de Filadelfia".

En El Salvador, así como cada día hay crímenes, mareros sicarios y extorsionistas, buseros que le echan el armatoste a mujeres inermes, políticos sin convicciones ni principios y los cobardes que andan haciendo gala de matonería con sus armas, también hay mucha gente --la mayoría-- solidaria, consciente, honesta y hasta dispuesta a dar su vida por los demás.

Pero no es necesario llegar a tanto. Basta con hechos sencillos pero significativos.

A diario podemos ver a salvadoreños de toda condición ayudando a un angustiado automovilista a empujar su carro con desperfectos, o a cruzar la calle a una pobre anciana o a un minusválido, o dando el asiento en el autobús a una embarazada o simplemente cediendo el paso en el carril a otro que lleva prisa.

En casos de catástrofes ha sido ejemplar la solidaridad mostrada por los salvadoreños con sobrevivientes y damnificados, así como con las familias de las víctimas fatales.

Sin embargo, hay una infinidad de historias de héroes anónimos que no se conocen y que se verifican en los hospitales, con sacrificados médicos y enfermeras, abnegados policías, bomberos y socorristas, periodistas que escriben sobre buenas causas, madres que no se cansan de orar por sus hijos, o miembros de iglesias católicas y evangélicas que se dedican a repartir esperanza, pan y café por las noches a los indigentes que duermen bajo los puentes.

Nadie sabe de ellos, pero allí están, no donde la ayuda sobra, sino donde hace más falta.

Esa quizá es la característica del héroe: estar donde más se necesita, saber resolver y, sobre todo, no esperar nada a cambio y ser humilde. No es el político que sale saludando con sombrero ajeno, haciendo creer que la ayuda que procura viene de él y no de la cooperación internacional, o el populista que fustiga a los ricos para generar simpatías entre los pobres, pero que sólo se aprovecha de ellos para obtener votos.

El héroe verdadero tampoco tiene que hacer grandes hazañas, sino que basta a veces con pronunciar "la palabra precisa, la sonrisa perfecta" --como dice Silvio-- para dar aliento y esperanza a quienes los han perdido.

Siempre recuerdo que en las películas de los súper-héroes, como Batman, Superman, Capitán América, El Hombre Invencible (Iron Man) o El Enmascarado de Plata, éstos llevaban una vida subterránea, modesta, silenciosa y se sabían escabullir cuando les iban a dar las gracias o el público los iba a ovacionar.

El protagonista de nuestra historia, Christopher Knafelc, no supo más del hombre al rescató, pero le quedó la satisfacción del deber cumplido. "Él no me agradeció, pero sé que estaba agradecido", dijo Knafelc al Daily News. "En mi corazón así lo creo…".

Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha…