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El héroe con zapatos de vestir

Mateo empezó a correr descalzo, por lo que sus pies se acostumbraron a esa condición, de tal manera que las primeras tres carreras las corrió sin zapatos.

Era aún de mañana el 19 de abril de 1952, cuando Doroteo Guamuch Flores, quien pasaría a la historia como Mateo Flores, se sentía ya extenuado y no era de menos, habría corrido 42.1 kilómetros durante el Maratón de Boston, carrera la cual terminó ganando, posicionándose como el primer Latinoamericano en ganar la carrera en sus 56 años de existencia.

Mateo estaba cansado y quería “tirar la toalla”. Su menudo cuerpo simplemente ya no daba, pero a pocas cuadras de la meta logró escuchar: ¡Viva Guatemala! El grito de ánimo le hizo erguir la cabeza de inmediato. A unos 200 metros de la meta se encontraba un grupo de chapines estudiantes de Medicina, quienes dejaron sus libros para ir a dar aliento a ese guatemalteco desconocido que, según decía una radio de Boston aquella mañana, venía encabezando la carrera.

Al oír a sus compatriotas darle emocionados ánimos para que siguiera, Mateo sacó fuerzas de flaqueza y se dijo: “Dios mío ¿cómo puede ser posible? ¡voy a ganar! Dame fuerzas”.
 
Era simplemente increíble que Mateo fuera punteando la carrera, superando a corredores profesionales mejor alimentados y equipados. Los que lo veían se quedaban con la boca abierta: debido a las limitantes económicas de este atleta, estaba corriendo con zapatos de vestir porque simplemente no tenía recursos suficientes para comprarse un par de tennis. Era el héroe con zapatos de vestir.

El público no solo le daba ánimos, la verdad es que rugía “¡arriba chapín, arriba la bandera azul y blanco, arriba Guatemala”. Este fue el momento de gloria de la vida de Flores, destacado atleta guatemalteco (1922-2011) que al haber ganado la maratón de Boston, se convirtió en un ícono de su país, nombrando posteriormente, por parte de su gobierno, al principal Estadio Deportivo en su honor, el “Mateo Flores”. 

El sobrenombre de Mateo, por el cual se le recuerda, fue acuñado por los perifoneadores estadounidenses, quienes no podían ni siquiera pronunciar su nombre de raíces indígenas “Doroteo Guamuch”, y optaron por decir en los micrófonos: “The winner of 56th Boston Marathon is mister Mathew Flowers of Guatemala”.

Doroteo, o “Mateo” como se le conoció a partir del mismo momento en que cruzó la meta, fue el quinto hijo de una familia de siete hermanos de tradición católica. Su padre fue quien le inculcó ese espíritu de luchador incansable que eventualmente le hizo ganar el maratón.

Según sus propias memorias, “comía lo que Dios me daba. Mi dieta siempre fue de arroz, frijoles, tortilla y chile”. Tampoco asistió a la escuela. Desde pequeño le tocó ayudar a su padre en las labores agrícolas y luego fue ayudante de albañil.

Flores comenzó su carrera atlética a los 19 años, cuando se cambió de trabajo a una fábrica de tejidos, en esa ocasión un grupo de amigos lo invitó a formar parte del grupo de maratonistas de la empresa. Solía correr a diario hacia su trabajo, una distancia promedio de 22 kilómetros de ida y vuelta.
 
El entrenamiento sistemático le proporcionó la capacidad de correr grandes distancias. Poco tiempo después trazó una rutina casi diaria que comenzaba a las 4 de la mañana, corría aproximadamente 40 kilómetros en un tiempo de entre dos y tres horas. 

Según sus memorias, debido a su pobreza, Mateo empezó a correr descalzo, por lo que sus pies se acostumbraron a esa condición, de tal manera que las primeras tres carreras las corrió sin zapatos, equipado únicamente con su disciplina personal, su sentido común y sobre todo, su deseo de ganar y superarse a sí mismo.

Después del triunfo en Boston, la vida de Guamuch –ahora “Mateo”- cambió. Tuvo un recibimiento apoteósico en Guatemala, sin embargo, la fama no se tradujo en riqueza. Mateo continuó llevando una vida sencilla en su casa de villa Mirtala, ubicada sobre la calzada Mateo Flores, una leyenda viviente cuya vida transcurrió en el anonimato.

Murió el 11 de agosto del 2011, tras una larga enfermedad crónica. Dejó tras de sí un gran legado como hombre, padre, trabajador y deportista.

Hoy el estadio nacional, la calzada donde vivió y una escuela de educación primaria en la colonia Cotió, en su natal Mixco, llevan su nombre, el nombre de aquel héroe que corrió descalzo y ganó un maratón usando zapatos de vestir. Ante experiencias así, me parece irónico cuando escucho a las personas decir ante las adversidades de la vida “es que no se puede”. Y es que yo siempre pienso, “quien quiere puede”, ¿o no Mateo?
 

*Abogado, máster en Leyes.