Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

“No hay nostalgia peor...”

Afortunadamente, muchas libertades que estos nostálgicos oponen férreamente terminan con el paso de los años convirtiéndose en verdades autoevidentes y derechos que ninguno, haciendo uso de su sensatez, desearía limitar 

Ha llegado la época de las reuniones, los abrazos, los convivios y el amable intercambio de regalos entre familiares, amigos y compañeros de labores. El final de año es el momento en que brindamos a la salud de renovar y fortalecer esos vínculos, pero también nos envuelve una tibia melancolía al recordar el camino andado. 

Diciembre es el mes de la nostalgia que nos toma de la mano y nos hace visitar pasajes bien guardados de nuestra memoria: unos plenos, otros en los que aprendimos lecciones y definitivamente otros donde nos enfrentamos a sinsabores que al asimilarnos se volvieron parte de nuestras vidas. 

La nostalgia bien sentida y canalizada trae consigo la autoconsciencia y el baño de realidad; mal utilizada, construye relatos fantasiosos y un peligroso anclaje al pasado que nubla las decisiones de deberemos seguir tomando.

Como lo dijo alguna vez Joaquín Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. 

Esto le ocurre con frecuencia a nuestro querido El Salvador y a sus tomadores de decisiones, y gracias a ello constatamos que a diferencia del cálido sentimiento decembrino entre familias, la nostalgia en la política es un arma de consecuencias desastrosas. 

Por un lado están quienes añoran los años de excesiva confianza a la centralización y planificación estatal. Miran con recelo los intentos de independencia de poderes y calificarán de traidores a todos los individuos de cualquier forma de pensar, que no estén de acuerdo con su ideario. En su presunta omnisciencia, afirman haber trazado el camino al futuro de hombres nuevos que se construye con pasos firmes en una única dirección, obviando las complejidades de nuestras sociedades y la naturaleza humana que no busca el “final de la historia”, sino miles de caminos de cooperación e intercambio.

Estos verterán en solemnes congresos y elaborados documentos aspiraciones en las cuales el individuo deja de ser el centro de la acción pública y se convierte en un engranaje más de la supervivencia de un sistema. Un sistema que nunca le ha demostrado a la humanidad más que pobreza, hambrunas, escasez y la más cruel represión a la disidencia. Con necedad, tratan de encontrar flores en las ruinas grises y uniformes que marcan el fracaso ya comprobado de esas ideas. “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

Por otro lado, están quienes ingenuamente pretenden detener la oleada de libertades civiles en una sociedad, cayendo en el vicio de creer en valores estáticos y no en que los mejores principios de la humanidad son aquellos que se adaptan a los vaivenes históricos y que en todo momento defienden la vida, la libertad y la propiedad del individuo, el único que con su creatividad y en un clima libre de coerción arbitraria es capaz de generar progreso y bienestar para sí mismo y su entorno.

Afortunadamente, muchas libertades que estos nostálgicos oponen férreamente terminan con el paso de los años convirtiéndose en verdades autoevidentes y derechos que ninguno, haciendo uso de su sensatez, desearía limitar. Del lado correcto de la historia se han colocado quienes han luchado por la autonomía del individuo de elegir cómo administrar su vida mientras esta no transgreda las decisiones de otros.

Y finalmente, los nostálgicos que más miedo me producen: aquellos que habiendo visto o leído los horrores de la represión, ante las crisis del presente, añoran “los tiempos del (inserte general de su preferencia), pues esos eran tiempos de orden y ningún pícaro se salía con la suya”. Esa sociedad amigable y ese respeto a los símbolos patrios, queridos amigos nostálgicos, no sucedió. En cambio, existía represión y la ingrata idea de que una opinión mal dicha te podría llevar incluso a desaparecer sin dejar rastro alguno. 

En esta época de reflexiones, invito a canalizar la nostalgia hacia lo que de verdad sirve: a conocer la realidad, entender sus errores y comprometerse a un futuro promisorio. No podemos caer en el error de fantasear pasados que nunca estuvieron ahí o dotarles de características irreales, arriesgando a futuras generaciones por el capricho restaurador que indudablemente nos llevará a revivir películas que ya vimos y, por supuesto, ¡terminan muy mal!

*Columnista de El Diario de Hoy.