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No hay más que decir

"Mamá: me fui a luchar por Venezuela. Si no regreso, me fui con ella". Esta frase, que pone la carne de gallina a cualquiera, la leí por primera vez pintada en el cartel que sostenía con ambas manos una adolescente que marchaba por las calles de Caracas. La foto era elocuente, con la elocuencia que otorgan el idealismo y la espontaneidad. Aquella joven sonreía, o trataba de hacerlo, por encima del drama que su cartel evidenciaba. Decenas de muchachos, atrás y por delante de ella, mostraban en sus rostros la misma determinación. Eso fue hace seis semanas.

El drama continúa en la patria de Bolívar, y lo peor de todo es que nadie sabe cuándo va a acabar ni cómo. Decenas de estudiantes han derramado su sangre defendiendo principios democráticos sobre los que pedían edificar su futuro. Las balas que los callaron destruyeron sus pechos, pero no consiguieron arrancar de sus mentes el sueño de un país libre de odios, estrecheces y miedo. "Mamá: me fui a luchar por Venezuela". La frase está ahora en mantas, camisetas, gorras y paredes; luce garabateada en las esquinas donde cayeron abatidos los que se atrevieron a encarnarla. "Si no regreso…".

¿Se puede llamar "fascista" a un joven que sale a la calle bajo la consigna del respeto a sus derechos, "armado" con el coraje de quien está decidido a no permitir que su historia la escriban otros? ¿Se puede calificar de "imperialista" o "lacayo de la burguesía" a un adolescente que recibe un balazo en el cuello y después, mientras agoniza en un hospital besando un crucifijo, pide a las enfermeras que digan a sus padres que le perdonen por haber amado tanto a su desangrado país? ¡Y pensar que aquí hubo alguien que se refirió a ellos, en son de burla, como "hijos de papi"!

"Mamá: me fui a luchar por Venezuela". El eco de estas palabras resuena en los oídos de hombres y mujeres a los que el delirio "bolivariano" ya les arrebató lo que más querían. Este eco, sin embargo, no ha tenido ninguna repercusión en la OEA. Allí los embajadores de un grupo de naciones alineadas al oprobioso régimen chavista --incluyendo, para nuestra vergüenza histórica, a El Salvador-- ni siquiera permitieron que hablara una representante de la oposición venezolana, la única que en esa hora podía ser la voz de quienes estaban, ¡y están!, siendo reprimidos en las calles de Caracas y otras ciudades.

¿Qué iba a decir María Corina Machado en la sede de la OEA? Lo que ya no puede esconderse al mundo por más que lo intente un puñado de obedientes delegados ante un organismo hemisférico: que la guardia nacional ha golpeado brutalmente a manifestantes pacíficos, que las marchas opositoras han sido rociadas con plomo, que las víctimas de esta barbarie tienen rostros, nombres y apellidos, y que los críticos al desgobierno de Nicolás Maduro están siendo perseguidos, amenazados y encarcelados sin mediar procesos constitucionales o razones jurídicas válidas. En resumen, que la democracia dejó hace rato de tener ciudadanía en Venezuela.

Pero el testimonio más conmovedor de lo que sucede hoy en ese país no podía darlo María Corina en la OEA, aunque la hubieran dejado hablar. Ese testimonio lo están dando miles de jóvenes a los que ninguna tiranía parece doblegar, jóvenes que no van a sentarse a esperar que un foro internacional apruebe sus luchas o se identifique con sus sufrimientos. A ellos no hay quién los represente en los organismos hemisféricos porque la suya es una defensa de la dignidad humana, y esa sólo puede ejercerse, aun a costa de la propia vida, cuando las instituciones, los tratados internacionales y las peroratas políticas se han desvirtuado hasta la indignidad. Es entonces cuando salir a la plaza pública tiene el significado de la esperanza última, bien expresada en la impactante frase que abre este artículo. No hay más que decir.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.