Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Hasta la última gota

El martes pasado el Congreso venezolano aprobó "superpoderes" para que el presidente Maduro los use durante todo un año para lograr lo que casi todos los gobiernos del mundo logran sin mayor esfuerzo, evitar que la economía se hunda en un caos de hiperinflación, graves escaseces y colapso de la producción. Estos poderes se los han dado mientras el país está gozando de un largo boom en los precios del petróleo. Maduro anunció que fijará márgenes máximos de ganancias en las cadenas productivas y pondrá controles más estrictos en la venta de dólares, que se han vuelto terriblemente escasos.

Al darle estos poderes a Maduro, Venezuela parece estar dispuesta a beber de su amargo cáliz hasta la última gota. Maduro y el gobierno se resisten a entender que las acciones que pretenden llevar adelante son precisamente las causas de los problemas que tienen. Trágicamente, van en camino a reproducir en Venezuela uno de los fenómenos más espectacularmente dañinos que puede sufrir una economía moderna, un episodio de hiperinflación. Ha habido dos antes en América Latina: uno en Bolivia a principios de los ochenta y otro en Nicaragua a finales de la misma década. En otras latitudes, el episodio más famosos fue el que aquejó a Alemania en los años que siguieron al final de la Primera Guerra Mundial.

Estas hiperinflaciones se diferencian de las inflaciones comunes sólo en dos características: en su magnitud y en el hecho que las autoridades monetarias pierden todo control de los cambios de precios. Algunas cifras darán una idea de lo que estamos hablando. A mediados de 1922, poco antes de comenzar la hiperinflación, el marco alemán se cotizaba a 320 por dólar. En noviembre de 1923, un año después, el dólar era igual a 4,210,500,000,000 marcos. En Nicaragua, el córdoba de 1991 llegó a ser 1 / 50,000,000,000 córdobas de 1988. En Bolivia, el peso boliviano fue reemplazado por el boliviano, cambiándose a una tasa de un millón de pesos bolivianos por cada nuevo boliviano. Todos pierden en un caos como este, pero principalmente los pobres, que no tienen activos reales (casa, carro, muebles, etc.) que no son afectados por la hiperinflación. Todo lo tienen en el poco dinero que ganan, y ese dinero se devalúa rápido y profundamente con la hiperinflación. Los pobres se hacen más pobres.

La causa de este fenómeno ha sido la misma en todos los casos: cuando los bancos centrales se ponen a crear dinero más allá de lo que la economía pueda necesitar para crecer normalmente, el dinero se vuelve excesivo para el volumen de las cosas que pueden comprarse con él. En esas circunstancias, con mucho dinero persiguiendo pocas cosas que comprar, los precios de las éstas suben, y mientras más dinero se imprima, más suben los precios.

Hay un umbral en el que las inflaciones se convierten en hiperinflaciones, que se calcula alrededor de 50 por ciento mensual. La inflación en Venezuela se calcula que está en este momento en aproximadamente 38 por ciento mensual (la inflación oficial es sólo de cerca de 50 por ciento pero todo indica que esta cifra es una subestimación escandalosamente baja de la verdadera inflación). Por encima de este umbral, la gente comienza a deshacerse de todo el dinero que tienen, con lo que el dinero circula todavía más rápido, llevando a incrementos en la tasa de inflación que son mayores que los que la creación monetaria del Banco Central justificaría. En los países en hiperinflación los trabajadores exigen que les paguen una o dos veces diarias, y salen corriendo a gastar lo que les pagan porque en unas horas el sueldo ya no les servirá para comprar nada.

Con los controles de precios lo único que logrará Maduro es que la gente no produzca, con lo que el problema se volverá todavía peor, ya que habrá menos oferta mientras que la demanda seguirá subiendo por la creación de dinero del Banco Central. Ojalá que Maduro entienda esto para evitar que la tragedia venezolana llegue a niveles de hambre en medio de la abundancia que los precios del petróleo dan a los jerarcas del gobierno.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.