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Hasta siempre, querido Lucho

Lucho ciertamente era médico, filósofo, profesor universitario, conferencista, ensayista, poeta, narrador, pintor pero sobre todas las cosas era un hombre de Dios

Hay personas que pasan por esta vida dejando una muesca en el universo, una huella profunda en el alma de sus amigos y también, de los inevitables adversarios. Hay gente como Madre Teresa de Calcuta, Mandela, Ghandi, Facundo Cabral que rozaron la perfección durante sus vidas debido a su inmenso amor por los demás. Todo lo dieron sin pedir nada o casi nada a cambio.

Hay muchos famosos entre esos seres especiales, otros no lo son tanto, millones más que por propia voluntad pasan anónimos haciendo el bien. Más allá de la fama o el anonimato son seres especiales, coherentes, amables, alegres, solidarios, sencillos y a la vez firmes en sus principios. De esa estirpe era el doctor Luis Fernández Cuervo o simplemente “Lucho” para los que tuvimos el honor de conocerlo.

Recuerdo nuestro primer encuentro en una de las casas del Opus Dei, en San Salvador, hace ya 15 años. Me impresionaron sus profundos conocimientos de casi todos los temas de los que hablamos. Eran los días cuando yo empezaba a escribir columnas en este periódico y él quería intercambiar conmigo muchas ideas. Para mí fue, repito, un honor. 

Después coincidimos en la Escuela Superior de Economía y Negocios. El era uno los mejores catedráticos y yo impartía, por un tiempito, la materia Expresión Oral y Escrita. Nos hicimos amigos. Un día me sorprendió pidiéndome que escribiera el prólogo para su libro de poemas “Olas del Hombre, Corazón del Mar”, un excelente poemario que me hizo recordar la mejor poesía de Saint John Perse.

Estuvo en mi casa algunas veces, en donde tengo muy buenas reproducciones de cuadros de famosos pintores, como Picasso, Dalí, Leonardo, Gauguin y otros. Lucho me asombró por sus amplios conocimientos sobre la pintura clásica y moderna. Era todo un experto. Además dibujaba y pintaba muy bien. Hablamos de literatura, él mismo era un excelente poeta, cuentista, ensayista y divulgador científico. 

Lo escuché con respeto sus puntos de vista religiosos, los cuales además de respaldarlos con sus conocimientos sobre la Biblia, le añadía argumentos científicos. Pero al final de las conversaciones o más bien preguntas mías y respuestas suyas, solía decirme “después de todo este palabrerío, la verdad es que Jesús es la clave de todo”. Finalizábamos aquellos encuentros, en donde no faltaba el humor, y en los que tantas cosas aprendí, viendo algún partido del Real Madrid, del cual Lucho era aficionado y socio. “El Madrí es el Madrí”, decía para celebrar un gol. 

Lucho ciertamente era médico, filósofo, Profesor universitario, conferencista, ensayista, poeta, narrador, pintor pero sobre todas las cosas era un hombre de Dios. Su Fe era gigante. Sus convicciones lo llevaron a defender con pasión, razón y argumentación (nunca un insulto) a la Iglesia Católica y el derecho a la vida. Era mordaz con el ruido del “calentamiento global” y el “control de la natalidad”. Pero al mismo tiempo era tolerante con los que pensaban distinto. 

Llegó a ser un gran amigo de Sandra, mi esposa. De hecho fue ella quien, con lágrimas en los ojos, me dio la triste noticia de su fallecimiento. Me sentí triste y mucho, pero tengo la firme convicción de que Luis Fernández Cuervo, el inolvidable Lucho, cuya obra lo trasciende, está en el mismo lugar donde están los hombres buenos y los santos de todos los tiempos, de todo el mundo y de todas las creencias.

El Padre René nos dijo a mi esposa y a mí con una sonrisa entre melancólica y esperanzadora: “No hay que llorar. Lucho está, sin duda en el mejor lugar. En el que todos quisiéramos estar: El Cielo”. 

Hasta pronto, querido amigo, haremos todo lo posible por estar contigo. Siempre vivirás en nuestros corazones...
    
*Columnista de El Diario de Hoy.