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Hacia la cárcel del pueblo

Lo que sigue es un extracto de mi próximo libro sobre la apasionante vida de Jaime Hill. Pronto en librerías.

Con la cara apretada contra la cama del vehículo, las manos esposadas en la espalda y con dificultades para respirar por la capucha que llevaba puesta, Jaime Hill era un remolino de sombrías imágenes mentales. "Esto se va a complicar y me van a matar", pensaba. El miedo, la ira y la impotencia se le anudaban en alguna parte del pecho.

Como suele ocurrir en esos momentos de máxima presión la mente suele desencadenar pensamientos sin sentido, contradictorios, absurdos, es un torturante monólogo mudo que no para.

El pick up se detuvo en un paraje solitario poco antes de llegar a Santa Ana. Bajaron al prisionero. Le quitaron las esposas y la capucha pero le colocaron esparadrapos en los ojos. El sintió un vientecito fresco que le acariciaba el rostro. Le ofrecieron un cigarrillo. El humo inundó de golpe toda su boca y le supo a gloria. Sentía mezclado con el olor a tabaco un olor a guayabillas y un silencio casi total. Solo se escuchaban el canto desagradable de unos zanates. Estaban, dedujo por los olores y el silencio, en un área rural.

Lo cambiaron de carro y lo sentaron en el asiento trasero de un jeep escoltado por dos guerrilleros. Se sentía más cómodo ahora, sentado y con las manos esposadas reposando sobre sus piernas. Por la radio del auto se escuchaba la transmisión de un partido de fútbol. "Atlético Marte lleva 0, Independiente 0", decía un emotivo locutor. Por alguna razón escuchar la narración del partido, aquietó un poco la turbulenta mente del secuestrado. "Son las seis de la tarde pasaditas", pensó. Sabía que el partido de media semana de la liga local comenzaba a las 6 de la tarde. El jeep avanzó solitario por la carretera que conduce a Ahuachapán, unos 20 kilómetros hacia el sur occidente. El pick up, mientras tanto, se perdió entre las estrechas calles de Santa Ana.

Subieron, durante unos 30 minutos por un camino rural empinado y pedregoso. Por fin el jeep se detuvo frente a una modesta vivienda rodeada de sembradíos y zarzales. Había muy pocas y dispersas casitas en los alrededores. Por las rendijas titilaba la luz de los candiles encendidos.

Se escuchaba el canto de los grillos y a lo lejos, el melancólico aullido de unos perros. Ya era noche cerrada. Bajaron a Jaime Hill del carro. Lo tomaron por los brazos y en silencio lo introdujeron a la casa. Le quitaron las esposas. Calculó que eran pasadas las siete de la noche.

--Quitáte el gorro, pero el esparadrapo despegálo con cuidado, sino te va a doler. Abrí los ojos bien despacio porque has pasado mucho tiempo sin ver, ordenó una voz. --Sabes de qué se trata esto ¿verdad?

--A juzgar por los gorros que andan --dijo Jaime Hill entreabriendo los ojos despacio-- puede un carnaval.

--Para ustedes los ricos --gruñó un encapuchado-- todo es juego.

--Disculpen --palideció Jaime Hill-- es una broma para disimular mi miedo. Se perfectamente que es un secuestro. Sólo les pido que no me maten.

--Nadie te va a matar --suavizó el tono de voz el encapuchado--. Esto no es el cuartel de la Guardia Nacional. Vos sos un prisionero de guerra del El ERP. Estás en una cárcel del pueblo.

Jaime Hill guardó silencio unos instantes. Miró a su alrededor la paredes descascaradas de la pequeña habitación. Vio que en una esquina había una cama de lona. Del techo colgaba una pequeña bombilla que proyectaba una tristísima luz amarillenta. Sintió que el corazón se le encogía.

--Espero no ser un problema para Uds., dijo.

--No te preocupés, dijo la voz del hombre tras la capucha. Por ahora dormirás así como estás. Mañana te traeremos pijamas y cobijas.

Le dieron dos píldoras para dormir. Los dos encapuchados apagaron la luz y se fueron. Oyó el ruido de la llave girando en la cerradura. Se quitó los zapatos y se acostó, enroscado con las dos manos metidas entre las piernas. Parecía un feto grande. Escuchó unas voces afuera, las cuales se fueron apagando poco a poco.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.com