Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Hablando con el corazón

El Papa no ignora que todas las situaciones problemáticas son complejas y, precisamente por eso, alentó a sus oyentes a “poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente

Cada nación tiene sus grandezas y sus miserias. En la medida en que sus gentes se apoyen en las primeras y superen las segundas, un pueblo irá siendo más y más grande. Pero si se obra al contrario, si se profundizan las miserias y se olvidan las grandezas, nada podrá detener el ocaso de una cultura. 

El Papa Francisco fue invitado el jueves pasado a hablar durante una sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos. En su intervención hizo énfasis en las grandes cualidades del pueblo norteamericano. Se echó a sus oyentes al bolsillo, “provocó” varias ovaciones y logró crear un ambiente de optimismo y compromiso. Y lo hizo no por medio de alabanzas o elogios, sino proponiéndoles retos importantes y ambiciosos. 

Un buen político, les dijo, “es aquél que, teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios...” Y al escucharlo, me fue difícil no hacer comparaciones con el espíritu de algunos políticos criollos, empeñados en muchos casos en hacerse con más y más poder, mientras entorpecen cualquier proceso conjunto que pudiera sacarnos de la trampa de la violencia y corrupción en que todos nos sabemos atrapados.

Combatir la violencia, les dijo, y al mismo tiempo respetar las libertades requiere, por una parte “un delicado equilibrio en el que hemos de trabajar”; y por otra, hace imprescindible “superar la tentación simplista que divide la realidad en buenos y malos, en justos y pecadores”.

El mundo en el que vivimos, continuó diciéndoles Francisco, “con sus heridas que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior [que nos intimida y amenaza], podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior [el odio y el recelo por el diferente]”. Y concluía: “copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino, es la mejor manera de ocupar su lugar”.

¿Cómo superar, entonces la amenaza de nuestros enemigos, de los que hacen de este mundo, de nuestra sociedad, un lugar casi imposible de habitar? Con una respuesta de “esperanza y reconciliación, de paz y de justicia”, recomendó Francisco. “Nuestro trabajo debe centrarse en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos”.

El Papa no ignora que todas las situaciones problemáticas son complejas, y precisamente por eso alentó a sus oyentes a “poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente, respetando las diferencias y las objeciones de conciencia…” Qué lejos de las actitudes de quien ve el enemigo en el que piensa diferente, del que piensa que la única manera de acabar con los problemas es sepultando al disidente, descartando todo aquél que moleste. 

“Queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades”. Solo así, solo con el convencimiento de que “las grandes injusticias pueden ser superadas únicamente con nuevas políticas y consensos sociales” vamos a ser capaces de entender -y actuar en consecuencia- que “si es verdad que la política debe servir a la persona humana, de allí debe seguirse que no puede ser esclava de la economía ni de las finanzas. La política debe responder a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, su bienes, sus intereses, su vida social”.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare