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Habla un joven "señor del desierto"

Hoy cedo casi toda la palabra a un joven tuareg. Tuareg significa "abandonado". Los tuaregs son un viejo pueblo bereber, nómadas del desierto africano, respetados como "los señores del desierto". También son conocidos como los hombres azules por sus turbantes y por el velo que cubre su cara, de ese mismo color. El azul para ellos es el color dominante: el del cielo, "el techo de nuestra casa". Un día, en el rally París-Dakar, un libro cayó de la mochila de una periodista. Un niño tuareg lo cogió y se lo devolvió. La periodista se lo regaló y ese niño dijo que un día lo sabría leer… ahora ya es un joven que estudia en Francia con una beca en la universidad de Montpellier. Pero no crean que por eso esté fascinado por nuestro mundo. Sigue siendo un tuareg, orgulloso de ser tuareg, con una visión de la vida llena de una sabiduría humana que muchos de los civilizados la perdieron al dejar de ser niños o no la conocieron nunca.

Ahora el joven tuareg nos cuenta sus críticas impresiones de la civilización. Cómo al bajar del avión se asustó al ver correr la gente en el aeropuerto. En el desierto los tuaregs no corren más que cuando viene una tormenta de arena y allí corría la gente… ¡sólo para recoger sus maletas!

-También vi carteles de chicas desnudas. ¿Por qué esa falta de respeto hacia la mujer? me pregunté.

-Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida. Vi correr el agua…y sentí ganas de llorar. ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno de aquí y de allá aún sigo sintiendo dentro un dolor inmenso.

-Aquí tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco y hay ansia de poseer, frenesí, prisa. En el desierto no hay atascos ¿y saben por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

Y esta es su visión de su vida en el desierto:

-Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas. ¡Y cada una tiene enorme valor! Allí cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser ¡Porque cada uno ya es!

- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

-¡Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella! Y el fuego de leña. Y caminar descalzo por la arena cálida. Y las estrellas. Allí las miramos cada noche y cada estrella es distinta de la otra, como es distinta cada cabra. Aquí por la noche miran la tele.

Y cuando le preguntan cuál es un momento de felicidad intensa en el desierto, estas son sus palabras: -Es, cada día, en las dos horas antes de la puesta del sol. Baja el calor, el frío de la noche no ha llegado todavía y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde… Es un momento mágico. Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados en silencio escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos… los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor… Aquí tenéis reloj. Allí tenemos tiempo.

Lo escrito más arriba tiene distintas repercusiones. Si las declaraciones del tuareg a algunos les parecen ingenuas futilidades, me permito decirles que tal vez comienzan a estar alienados, intoxicados con lo peor del mundo civilizado. Si les parecen estupideces es que hace tiempo que ya perdieron su alma. En cambio, si lo dicho por el tuareg les conmueve e incluso despierta en ellos una vaga añoranza, es que todavía son humanos.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com