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Había una vez

Había una vez en un país no muy lejano, un presidente que tomó posesión y no tenía más proyecto de nación, que hacer de su reino un mundo feliz. 
Él y su partido venían preñados de proyectos que inyectarían dinamismo a la economía y felicidad a la población. Generarían recursos, atraerían inversión y –-lo mejor de todo-- harían posible que su partido se perpetuara en el poder.
Si la gente estaba feliz, él estaría feliz. Si la clave era dispensar dinero y favores, la oposición política no tendría nada qué hacer. Los críticos serían perros ladrando a la orilla del camino mientras él y su gobierno irían avanzando junto con la gente por la vía del desarrollo y la felicidad. 
Llegó a la presidencia con promesas de transparencia en su gestión, austeridad, inclusión y buen vivir.
Pero al llegar al poder, además de que su corta memoria olvidó sus promesas, su partido comenzó casi de inmediato la toma de las instituciones. Todo cambió, empezando por los funcionarios. Se crearon muchos, muchos, puestos de burócratas (pues él era agradecido y tenía que recompensar a sus colaboradores, y estos a sus parientes), se desecharon planes y proyectos y se rehicieron nuevamente. Solo pocas cosas siguieron como hasta entonces: la propaganda gubernamental, y el considerar que sus conciudadanos estarían contentos si las canciones y jingles de los comerciales les hacían olvidar la inseguridad y/o la pérdida de empleos.
Llegó a la presidencia y pensó que las musas estaban de su parte, y que los astros se alineaban para inaugurar una nueva era de felicidad y progreso. Todo sería como una balsa de aceite, y la gente gozaría de lo que hasta ahora nunca habían tenido: un gobierno que se preocupara y se ocupara de todos. 
Pero entre todos los hilos que él, su gabinete y los miembros de su partido manejaban, hubo uno que se les escapó. Y, mira por donde, de ese cabo empezó a tirar el diablo y a deshacerle por la noche el tejido que el feliz presidente elaboraba con tanto esfuerzo durante el día. Pensó que la corrupción era connatural con el ejercicio del poder. Creyó que los corruptos, más que enemigos de la administración pública eran los habitantes naturales de los pasillos gubernamentales. Y los dejó estar. 
Pensó que tolerando la corrupción, controlándola, manteniéndola dentro de ciertos límites, poco o nada afectaría su credibilidad y la de su partido. Creyó que bastaban declaraciones de apoyo a la transparencia, nombramiento de funcionarios preocupadísimos por manejar los escándalos de los burócratas pero nada ocupados en atajar sus desmanes, supuso que el silencio en los medios debería ser su aliado (y se indignaba cuando se publicaban corrupciones, desvíos de fondos y realidades incómodas), restó importancia a las redes sociales… Estuvo convencido de que mientras sometiera a la prensa, el rumor de la indignación popular no tocaría un cabello de su inmaculada imagen. 
Pero no sabía (o si era consciente miró para otro lado) que si no combates la corrupción, si dejas que tus subalternos hagan literalmente lo que les dé la gana, si pides y pides -–y gastas y gastas-- dinero público sin dar cuentas a nadie, tarde o temprano, mira por donde, un narco traficante te podía dejar en el más completo y bochornoso de los ridículos. 
Y así fue. La fuga de el Chapo resultó la guinda del pastel, y a Peña Nieto se le escurrió -–literalmente-- todo su proyecto por un tubo. Como escribe esta semana Salvador Camarena, al presidente lo pusieron en ridículo mundial, no tanto sus acciones, como sus omisiones. Y entre ellas, la más clamorosa: su tolerancia a la corrupción, su incapacidad voluntaria de enfrentarla y combatirla.


*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare