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¿Guerra santa?

Han pasado casi veinte días desde el espantoso ataque que dos terroristas efectuaron en las oficinas del semanario satírico francés, "Charlie Hebdo", de su abatimiento por parte de la policía, del secuestro y asesinato de rehenes por un tercer extremista en un supermercado parisino, y de las multitudinarias protestas en varias ciudades europeas.

Los días inmediatamente posteriores a los ataques hubo una reacción generalizada de rechazo, al igual que condenas y muestras de solidaridad por parte de la mayoría de comunicadores, que vieron en el hecho un ataque directo contra la libertad de expresión.

En realidad, en una cultura como la actual, en la que después de siglos de baños de sangre causados por guerras de religión y catástrofes mundiales provocadas por ideologías, en unos tiempos en los que a duras penas hemos aprendido a convivir en paz; al ver las espantosas imágenes captadas por las cámaras de seguridad y los reportajes internacionales, todos nos sentimos atacados, y todos tuvimos conciencia de que, de algún modo, éramos "Charlie Hebdo".

Pero pasada la primera impresión, se alzaron voces disonantes que intentaron reflexionar. Para ejemplo, un párrafo de la revista francesa "L'homme nouveau", publicado contracorriente, en el punto más alto de la indignación colectiva:

«Yo no soy Charlie: la libertad de expresión y la libertad de prensa no dan derecho a insultar, despreciar, blasfemar, pisotear o burlarse de la fe o de los valores de los ciudadanos, ni a atacar de modo sistemático a las comunidades musulmana o cristianas. No, yo no soy Charlie y nos choca ver a Mahoma como una boñiga con turbante o a Benedicto XVI sodomizando niños. No es cuestión de tolerancia o librepensamiento: el insulto es una violencia. Charlie murió por haber minimizado los riesgos del Islam radical. Pensó que por vivir en un país cristiano podía insultar de forma segura».

"Charlie Hebdo" tiene un tono altamente ofensivo (basta realizar una búsqueda de imágenes en Internet para conocer el tipo de caricaturas, denigrantes y violentas, que publica semana a semana). Suele atacar valores fundamentales: religiosos, políticos, étnicos, económicos, etc. Su misma existencia es sinónimo en Francia de juicios y disputas por conflictos entre derechos: el de la libertad de expresión, el del respeto a las creencias y convicciones de otras personas, la responsabilidad de autocensura en los medios de comunicación, el de publicar puntos de vista políticamente inaceptables, etc.

Calumniar, difamar, sembrar odios y azuzar rencores en nombre de la tolerancia es desquiciar a los intolerantes. Pero nada de lo anterior, en una cultura plural y madura justifica la muerte de nadie.

Sin embargo, no hay que trastornar las cosas: el atentado no es contra Occidente, ni contra el cristianismo o las democracias; pues ni los valores occidentales ni el cristianismo ni los sistemas pluralistas de organización social, tienen como principios insultar y denigrar, como lo hacían ---con más o menos humor--- los dibujantes del semanario. Es en ese sentido, en el que algunos han dicho que ellos "no son Charlie Hebdo".

El insulto y la burla son violencia, muchas veces más dolorosa que una herida de bala. Atacar sistemática y despiadadamente desde instancias de poder, aunque sea el poder de los medios de comunicación, al que piensa distinto, al que es distinto, ridiculizar sus creencias y convicciones, puede abrir la caja de pandora que anida en todo fanático.

Nos ha costado siglos, y millones de vidas, saber que lo que alguien piense, crea, diga o dibuje no puede ser, nunca, causa de muerte. Que matar periodistas no mata la verdad. Pero de allí, a sostener que no hay límites en lo que se puede decir, dibujar o publicar, hay mucho, mucho trecho.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org