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Gritos de libertad

El 6 de julio de 1524, el conquistador Pedro de Alvarado penetró en el actual territorio salvadoreño. Al tener conocimiento de sus terribles prácticas en otras tierras, muchas poblaciones huían de sus lugares de origen para refugiarse en las selvas y en las montañas. "Pero en Acaxual, miles de guerreros nativos esperaban valientemente al ejército conquistador para enfrentarlo e impedir su paso al corazón del mundo pipil". En la cruenta batalla de ese lugar "Alvarado sufrió no sólo muchas bajas, sino que él mismo fue herido. Una flecha se incrustó en la pierna fracturándole el fémur. Tardó ocho meses en recuperarse debido a la infección que le causó la herida". Aquella batalla fue la primera demostración cuscatleca de resistencia al invasor.

El 5 de noviembre de 1811, Bernardo Arce y su hijo Manuel José, José Matías Delgado, y los hermanos Manuel, Nicolás y Vicente Aguilar, entre otros, se rebelaron en San Salvador y, tañendo a rebato las campanas de la iglesia de La Merced, dieron el primer grito de independencia del yugo español.

El 24 de enero de 1814, nuevamente San Salvador se levantó en armas contra las autoridades españolas. Manuel José Arce, Juan Manuel Rodríguez, Santiago Celis y Domingo Antonio de Lara, fueron capturados y encarcelados. Por segunda vez, San Salvador daba muestras de su celo por la libertad.

El 15 de septiembre de 1821, Centro América proclamó su independencia de España en la ciudad de Guatemala, sede la Capitanía General, ratificada por San Salvador el día 21 del mismo mes y año.

El 5 de enero de 1822, sin el consentimiento de las provincias de San Salvador y San Vicente, la Junta Provisional de Gobierno de la antigua Capitanía, aprobó la anexión a México, lo que dio lugar a que en junio de ese año, la invasión imperial comandada por Vicente Filísola fuera derrotada y expulsada del territorio nacional en El Espinal por las tropas de Manuel José Arce que vencieron a Nicolás Abos Padilla. Vuelto a la carga el ejército imperial al mando del coronel Manuel Arzú, tuvo que regresar a México debido a la caída del emperador Iturbide.

El 12 de junio de 1824 se emitió la primera Constitución del Estado de El Salvador. Por razones históricas inmediatas, en su artículo primero se enfatizó que "el Estado es y será siempre independiente de España, México y cualquier otra potencia y gobierno extranjero".

El 12 de julio de 1856, el filibustero William Walker, con el apoyo de los esclavistas del sur norteamericano, se proclamó presidente de Nicaragua con la intención de restablecer la esclavitud, pero fue derrotado por el esfuerzo combinado de las repúblicas centroamericanas, en las que brillaron las tropas salvadoreños al mando del invicto general Ramón Belloso.

La lucha por la libertad en El Salvador ha sido una constante. Y en ella, ha debido cortarle una y más veces las cabezas a la Hidra. Por el escenario político de nuestro país pasan, como en un caleidoscopio, los heroicos "Cuarenta y cuatro" que, en 1894, derrocaron a la dictadura bicéfala de los hermanos Ezeta; los revolucionarios civiles y militares que, en 1944, fueron fusilados por el dictador general Maximiliano Hernández Martínez; la gloriosa huelga de brazos caídos de mayo de ese mismo año, que dio por el suelo con el dictador; la juventud obrera y universitaria que ofrendó su sangre en los llanos de El Espino, en Ahuachapán, en lucha abierta y desigual contra el usurpador coronel Osmín Aguirre y Salinas; los jóvenes que ofrendaron su vida en 1960 en la represión desatada por el iracundo coronel José María Lemus, quien arrasó los recintos universitarios; el obrero moribundo que en manifestación histórica a la caída de la Junta de Gobierno, en 1961, escribió con su sangre, al lado de quien esto escribe: "viva la libertad"; los Acuerdos de Paz del 16 de enero de 1992 en los que las partes se comprometieron a respetar el nuevo orden constitucional. ¡Toda nuestra vida independiente ha sido una constante lucha contra la opresión, y de exaltación y lucha por la democracia!

¿Y vamos ahora a consentir que fuerzas foráneas vengan a imponernos un credo que es la negación de nuestra esencia republicana y democrática? ¿Vamos a permitir que nuevas doctrinas esclavistas impongan la servidumbre que con tanto vigor condenó el prócer José Simeón Cañas, en palabras inmortales?

Ahora no sufrimos el embate de las armas sino de la compra de voluntades a través de una avanzada que no es la de Alvarado, ni la de Filósola, ni la de Padilla, ni la de Arzú, ni la de Walker, sino la más artera y deletérea de "Alba Petróleos", la cual, con una publicidad nunca vista, adornada con tules angelicales ¡Y hasta con la estrella de Belén! inunda todos los campos de la vida nacional, intoxicando a las almas candorosas con vacuos ofrecimientos, traicionando el espíritu de los Acuerdos de Paz.

Jóvenes: ¡Que toquen de nuevo a rebato las campanas de la Iglesia de la Merced! Y, con los aires de libertad que ellas difundan, cerrémosle el paso al socialismo del Siglo XXI, remedo tropical del desacreditado comunismo, que se niega a morir no obstante su crueldad y sus históricos fracasos.

*Doctor en Derecho