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La gran decepción

Está claro que el nivel de desilusión que se lleva una persona está en proporción directa con las expectativas que había puesto en el asunto. Y en esto, sin importar si son de izquierda, derecha, derecha colorada, arco iris o izquierda tricolor, nuestros políticos sí que han sabido hacer las cosas bien: hay muchos decepcionados de la política, y de los políticos, tantos como los que esperábamos más de una oposición responsable o del partido en el poder.

Los únicos que quizá han hecho lo que se esperaba de ellos y que, precisamente por eso no han decepcionado a nadie, son los tránsfugas y los corruptos, pero esos son harina de otro costal.

En toda decepción, hay siempre dos lados: el que promete, y el que se cree las promesas. Por eso quizá tenemos más culpa los ciudadanos que los políticos, pues se nos olvida que la democracia es intrínsecamente decepcionante, si uno espera de ella más de lo que puede dar.

¿Quién nos manda creer acríticamente promesas mesiánicas, absurdos imposibles de financiar, transformaciones milagrosas de lobos a corderos, de personas que, en su trayectoria de vida, no se han caracterizado , por el respeto a las leyes ni por el trato leal con los de su partido ni con sus conciudadanos? ¿A quién se le ocurre que todos los candidatos que se presentan los mueve, de manera exclusiva, el amor a la patria y un impoluto afán de servicio?

Una nueva campaña es un elenco, cada vez más profuso, de personajes más o menos carismáticos, promesas, expectativas, frustraciones y decepciones. Engaños y desengaños. Cantos de sirena y propaganda bullanguera. No aprendemos.

Deberíamos haber escarmentado después de pintorescos (por no decir trágicos) políticos que generaron grandes expectativas de renovación y cambio. De gente que sustentó su candidatura en un pasado limpio, intachable. O auténticos facinerosos que estuvieron fuera de la ley. Que al poco de haber probado las mieles del poder, recurrieron a la misma sucia forma de hacer jugarretas y engaños, y más que renovar o rehacer el aparato gubernamental se enquistaron en él, se aprovecharon de información privilegiada para hacer negocios particulares, practicaron con descaro el nepotismo y se transformaron ---por sus actitudes, su tren de vida y una soberbia caricaturesca---, en aquellos a quienes, en su momento, criticaron ácidamente.

Ya se ve que la estrategia que utilizan una y otra vez para ganar elecciones, tiene poco que ver con la que ponen en práctica a la hora de gobernar. Nos engañan con la primera y miramos para otro lado con la segunda.

En su descargo, podemos decir que la política es una actividad deficiente, engañosa, frustrante, porque así es la vida: deficiente, engañosa y frustrante. Sé que parece masoquismo, pero al fin de cuentas, somos los electores los culpables de nuestras propias decepciones, pues le apostamos demasiado a los mesías de turno, a los oradores de plaza; conscientes, además, de que su charlatanería es ilimitada.

Sin embargo, donde está el peligro, allí surge la salvación, dice Hölderlin… También en la política: la solución no está en apostarle a sistemas cerrados, en los que se confía a ciegas en quienes gobiernan y no se les pide cuentas, o en rechazar el desacuerdo y la discusión en la cosa pública, sino en lo contrario: la salvación viene de más transparencia y flujo de información, y en la posibilidad de discutir libremente acerca de puntos de vista y perspectivas diferentes, rechazar "salvadores" cerrados de mente y apostarle a la política de la buena. Solo estando conscientes de que no hay nada humano perfecto, se deja de esperar a políticos, sistemas o modos de gobierno, perfectos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare