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Gobierno legítimo y oposición política en democracia

Desde 1982 hemos tenido seis elecciones presidenciales, en las cuales la voluntad del pueblo salvadoreño expresada en las urnas ha sido respetada. Luego de los Acuerdos de Paz y las reformas constitucionales que propiciaron, ha participado toda expresión política con respeto y dignidad, aceptando los resultados.

El margen tan estrecho el pasado 9 de marzo y la existencia de una serie de irregularidades durante la campaña e incluso los días de elección, resulta una combinación que de no superarse se puede convertir en grave amenaza al sistema democrático. La sociedad civil y diversos sectores han externado su preocupación y denunciado la falta de transparencia en este evento electoral, incluso en el escrutinio. Y lo más grave, se ha cuestionado el desempeño del Tribunal Supremo Electoral antes y durante el proceso.

El Tribunal Supremo Electoral está obligado a ofrecer la máxima transparencia para culminar el proceso y considerar el conteo de voto por voto permitiendo así que el ciudadano mitigue la duda sobre quién es el legítimo ganador.

La coyuntura política exige a los dirigentes de ambos partidos en contienda que si se sienten seguros de haber ganado las elecciones deben ser los más interesados en un escrutinio minucioso, transparente. Garantizando así legitimidad al próximo Gobierno.

Cómo se resuelva esta coyuntura política traerá sendas consecuencias. Un ejemplo ilustrativo lo aportó recientemente el analista político Jorge Castañeda, quien hizo una comparación entre lo que fue el Gobierno de Salvador Allende en Chile y Nicolás Maduro en Venezuela.

Tanto Allende como Maduro fueron elegidos en apego a lo legal; sin embargo, el primero resultó electo sin el menor cuestionamiento por parte de los candidatos derrotados, quienes guardaron silencio pese a que no obtuvo el 50% del voto. Allende resultó electo por el Congreso chileno, gracias al predominio de un bloque legislativo de la Democracia Cristiana.

Por otra parte, no es que el margen de victoria de Nicolás Maduro haya sido menor o mayor que el de Allende, la lección que nos deja la elección de Maduro es que la otra mitad de la sociedad venezolana y su oponente político si cuestionaron los resultados, al grado que desconocieron la autoridad presidencial de Maduro, que tuvo que conversar con su predecesor aparecido como "pajarito", sosteniendo su autoridad con realismo-mágico. Lo que no sucedió con Chávez, a quien su carisma le permitió soportar las críticas a su forma de gobernar.

Otra diferencia fundamental a considerar entre Allende y Maduro es el entorno mundial. El primero en medio de la Guerra Fría, el segundo en un contexto mundial en el cual el bloque socialista no existe. En ninguna cabeza cabe que el chavismo, en cualquiera de sus encarnaciones represente una amenaza mundial, que se conforme la IV Internacional convocada por Chávez, el Socialismo del Siglo XXI sólo es capaz de afectar a Venezuela y sus satélites.

Allende, al final, fue víctima de la guerra fría. Maduro es una tragicómica nostalgia latinoamericana del Siglo XX. Pretendiendo avivar un socialismo en este siglo, cuando hasta donde Cuba se moderniza y democratiza.

Nadie sabe cómo va a terminar Venezuela, salvo que va a terminar mal. Esa desdichada nación seguirá a la deriva, sumida en el conflicto social, en escasez económica. La presión internacional se limita a críticas, cancelación de visas y congelamiento de cuentas.

El autoritarismo sólo deja pueblos sometidos a pobreza, sufrimiento y falta de libertades. Los salvadoreños debemos buscar, como ya lo hemos demostrado, nobles entendimientos.

Estados Unidos ha dado ejemplos de esa sabiduría, expresada en la frase de J. F. Kennedy: "Se puede ganar con la mitad, pero no se puede gobernar con la mitad en contra"…

* Colaborador de El Diario de Hoy.

resmahan@hotmail.com