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Gobierno y autogobierno

Antiguamente, los que mandaban debían ser grandes guerreros. Hoy día parece que los más valorados vendrían a ser los presidentes-gerentes. Hubo un tiempo en que los que tenían a su cargo el poder debían ser genios de la retórica, y otro en el que bastaba que el presidente fuera de una familia de alcurnia para que fuera no sólo aceptado, sino obedecido y apreciado.

Todo eso ha cambiado. Ya no importan tanto las cualidades personales de los candidatos, sino la promesa de que va a ser un presidente-gerente-mago-experto-en-solucionar-problemas. Todos los problemas. Pretensión que, obviamente, no puede ser verdad. Pues tengo para mí que uno de nuestros problemas (y no el más pequeño) es, justamente, la escasez de líderes auténticos.

El ex presidente, y exministro de educación chileno Pedro Aguirre Cerda, dijo en su momento --e hizo de la frase su lema--, que "gobernar es educar". Cristián Warnken, columnista del Mercurio a quien leo de vez en cuando, glosa: "un gobernante no sólo debe garantizar una educación pública digna, sino también ser un educador de su pueblo, en sus gestos, sus acciones, sus palabras, sus virtudes que despiertan la admiración"… Por eso, precisamente, arguyo que el problema, como dije más arriba, no es ni económico, ni social, ni siquiera político, sino de ausencia de políticos y estadistas que despierten admiración auténtica.

Llevamos una buena temporada en la que quienes nos han gobernado, se han hecho con el honor de presidirnos más a lomos de la ideología del partido político que los encumbró, que por méritos propios. Hemos tenido líderes resplandecientes, que reflejaban las ideas de otros y las habían hecho propias, pero casi ninguno ciertamente brillante, que haya lucido con luz propia.

Se echan en falta estadistas que devuelva a la política su genuino y original sentido, hoy opacado en vericuetos tecnocráticos-económicos-administrativos, o en sordas luchas de cuotas de poder, y le restituyan esa dignidad que un puñado de pésimos servidores públicos han llevado a su mínima expresión.

Es interesante traer a colación las palabras del presidente Mujica, quien recientemente en su discurso en las Naciones Unidas decía que para que la política recupere su original sentido de servicio, "necesitamos aprender a gobernarnos a nosotros mismos, o sucumbiremos porque no somos capaces de estar a la altura de la civilización que en los hechos fuimos desarrollando".

Lamentablemente, ese autogobierno que los clásicos consideraban imprescindible en un estadista, y al que hizo referencia el presidente Mujica en su ya célebre alocución , parece estar fuera de las cualidades que les pedimos a los candidatos presidenciales. Ha estado ausente de nuestras consideraciones también en elecciones pasadas, y estamos sufriendo las consecuencias de la incapacidad de autogobierno de muchos que forman parte de las instituciones estatales.

"La incoherencia entre lo interior y lo exterior en las máximas autoridades de los países, es una de las causas de la sospecha que se ha instalado entre los ciudadanos. Ellos dejaron de creerles a aquellos que dicen una cosa y luego hacen otra, sin arrugarse siquiera". No sé a quiénes se refiere Warnken al decir "ellos", pero estoy seguro de que no habla de nosotros, pues seguimos otorgando altas cotas de popularidad y dando crédito a políticos que han demostrado con hechos todo lo contrario de lo que han dicho y/o dicen.

Concluye: "hacen falta políticos sabios, hondos, humanistas y conectados con lo humano. ¿O acaso Mandela no es el ejemplo más claro de que virtudes como esas, tienen una eficacia muchas veces mayor que un mero pragmatismo sin alma?" De que es posible sobrevivir la política, servir desde el poder y no ser arrollado por éste.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org