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General Motors y el papa Francisco

Que reforme la iglesia y que permita la ordenación de mujeres". "A ver cómo este papa favorece a la región". Todo lo anterior no sería desacertado si en vez de referirse al proceso en el que se elegiría al Vicario de Cristo, cabeza de la Iglesia Católica, se refiriera a un político o a la elección del Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas.

"¿De qué se esconden? Deberían ser transparentes, ¿dónde está el derecho al acceso a la información pública?" decían algunos sobre el Cónclave, olvidando que la Iglesia Católica no es un gobierno y por lo tanto, no se financia con fondos públicos. La canasta que algunos se acostumbraron a ver en las misas circulando entre los feligreses en el momento del ofertorio sirve para recoger donativos, no impuestos, y quien los da lo hace con toda la libertad y a sabiendas de que los entrega a una institución privada.

Exigir que los procesos de la Iglesia Católica sean menos sigilosos, más transparentes y más democráticos, equivale a exigir sin ser accionista, las reformas que debería hacer General Motors para escoger a su CEO o pretender tener derecho a saber qué discuten en sus reuniones.

¿Hay que ser accionista para criticar a General Motors, o para desear que fuera diferente? No, así como tampoco es necesario ser católico para expresar opiniones sobre la Iglesia Católica. Sin embargo, muchos al expresarlas olvidan el aspecto privado de la iglesia: nadie, a menos que lo quiera voluntariamente, está obligado a seguir sus postulados o reglas. Es por eso que quienes no las comparten, pueden fácilmente escoger otro camino.

Lo anterior no significa que no se pueda criticar temas relacionados con la iglesia o que no se pueda exigir justicia cuando miembros de la iglesia cometen, en desavenencia con las propias reglas de su institución privada, delitos o crímenes. Ser críticos es más bien necesario cuando políticos pretenden usar el poder para "gobernar con la Biblia en la mano" y hacer obligatorias a todos, creyentes y no creyentes, reglas eminentemente privadas de instituciones religiosas que deben obedecerse libre y no obligatoriamente. Es ahí cuando deberían surgir incesantes, por parte de creyentes y no creyentes, las críticas y exigencias de respeto a la separación de la iglesia y el Estado.

Pero criticar con insultos y sin argumentos de peso la manera en la que una institución privada se organiza, en base simplemente a que se organiza de manera diferente a la deseada cuando hay tantas otras posibilidades (al fin y al cabo, también para la fe hay mercado y las instituciones compiten por los feligreses, que libremente pueden escoger la que más les gusta), es como criticar con insultos a una pupusería por que no vende comida china en su menú.

Al final del día, una de las ventajas de la libertad de expresión es que cualquiera puede opinar como guste, pero en una era donde el respeto y la tolerancia están finalmente empezando a encontrar presencia en los argumentos de la nueva generación, que sabe reconocer el valor que agregan las diferencias y ve la ubicuidad de la diversidad como la lógica y bienvenida consecuencia de la hiperconectividad global, aún hace falta trabajar mucho en el respeto a las creencias ajenas.

Ojalá que el recién electo papa Francisco, que reza por creyentes y no creyentes, encuentre además de la alegría de los católicos, la tolerancia respetuosa de los no creyentes, a quienes, al fin y al cabo, sus decisiones, opiniones o la manera en la que decida administrar su iglesia, no deberían afectar en nada.

*Columnista de El Diario de Hoy.

Twitter: @crislopezg