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“¡Ganar como sea!”

Cuando las contiendas electorales dejan de ser fiestas cívicas y se transforman en escenarios de confrontación, divisionismo y muerte, los procesos institucionales se vuelven pantomimas

Venezuela es un enorme barril de pólvora del que cuelgan numerosas mechas. Venezuela es una herida abierta, supurante, quizá a punto de infectarse. Pero Venezuela es también un punto de inflexión histórica, y, por lo mismo, es allí donde se está formulando la gran interrogante democrática de nuestro continente. Venezuela está obligada a la esperanza, a la derrota del miedo, a la recreación de los eternos ideales de paz, justicia y dignidad humana. Por eso, lo que ocurra el próximo 6 de diciembre en la patria de Bolívar no le puede ser indiferente a nadie.

Hoy en Venezuela se lucha, se llora y se sangra por la libertad. El dirigente opositor Luis Manuel Díaz, asesinado a tiros al final de un mitin electoral en Guárico, ha sido la víctima más reciente de ese clima de odio, violencia e intimidación que el propio mandatario venezolano, Nicolás Maduro, ha instalado en su país. No en balde lo dijo a sus seguidores semanas atrás: “Tenemos que prepararnos para ganar las elecciones… ¡como sea! ¡Ganar como sea!”. Y es evidente que sobran mentes febriles dispuestas a tomar al pie de la letra semejante exabrupto.

¿Qué cabe ya esperar de un presidente que invita a sus partidarios a garantizar un triunfo electoral “como sea”? ¿Quién puede llamar democrático a un régimen que obstaculiza la observación internacional, que obstruye la labor periodística, que vive amenazando a la oposición política, que utiliza recursos públicos de manera abierta para hacer campaña y que tiene al frente del Consejo Nacional Electoral a militantes declarados?

La OEA, que por fin dejó de ser insulsa, recientemente ha colocado los puntos sobre las íes al exigir, a través de su actual secretario general, Luis Almagro, mínimas pruebas para creer que el gobierno de Maduro tiene intenciones de respetar los resultados de los comicios. Este asunto es clave porque las encuestas más creíbles permiten a los movimientos opositores, aglutinados en la Mesa de Unidad Democrática, soñar con una victoria lo suficientemente holgada como para que ningún fraude consiga desvirtuarla.

La respuesta oficialista en Venezuela ha sido tan patética como reveladora: “Quien tenga oídos, que entienda; el que tenga ojos, que vea clara la historia. La revolución no va a ser entregada jamás, escuchen”. Estas frases de Maduro exhiben una ansiedad inédita. De perder las elecciones para la Asamblea Nacional, el chavismo ofrece batallas “cívico-militares”, “etapas turbias y conmovedoras”, extensiones antidemocráticas de un poder que alguna vez prometió consolidar la democracia. “Como sea” también implica desconocer, si es necesario, lo que diga el pueblo venezolano con su voto. “Como sea” tiene el sentido literal del extremismo y la desesperación.

Y en este contexto dramático, el atentado a un opositor adquiere tintes surrealistas, capaces de estremecer las bases morales de nuestra civilización. A ello se ha referido Luis Almagro en un comunicado especialmente atinado: “La muerte violenta de toda persona es un hecho execrable que nuestra conciencia no puede admitir. El asesinato de un militante político, además, nos deja a todos más vulnerables, señala que somos todos víctimas reales, no solamente potenciales”.

En efecto, cuando las contiendas electorales dejan de ser fiestas cívicas y se transforman en escenarios de confrontación, divisionismo y muerte, los procesos institucionales se vuelven pantomimas, las calles quedan en manos de los fanáticos y la democracia pende de un hilo. Importa poco la emisión de votos por parte de los ciudadanos; es el poder, en última instancia, quien “interpreta” qué han querido decir los ciudadanos con esos votos. Y si hasta las trampas fallan, entonces queda el recurso de la negación, es decir, esa “nueva etapa de la revolución” de la que habla Maduro. ¿Prolongación de la inestabilidad? ¿Incendio social? ¿Guerra civil?

Quizá por primera vez desde 1999, el desastre venezolano parece reversible, pero nadie se atreve a decir qué pasará, sean cuales sean los resultados de los comicios. Ojalá los salvadoreños sepamos sacar también nuestras propias conclusiones.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.