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Fútbol y fundamentalistas

En el fútbol, la cancha es la superficie en la que dos equipos están de acuerdo para jugar. En ella los veintidós jugadores identifican libremente el espacio ideal para interactuar en igualdad de condiciones, y el terreno en el que rigen unas reglas y reconocen un tercero como juez inapelable en la aplicación de las mismas: el árbitro.

En la vida social, el Estado de Derecho tiene una función análoga: es el campo en el que la política, las ideologías y los intereses particulares --los partidos políticos y las ONGs en plan institucional, y los políticos y particulares a nivel personal-- trabajan y conviven en igualdad de condiciones.

El Estado de Derecho es la cancha, las instituciones son el árbitro y todos los ciudadanos los jugadores que desarrollan lo mejor de sí para convivir pacíficamente, y lograr su desarrollo personal y colectivo.

En consecuencia, los ciudadanos tienen el deber de defender el Estado de Derecho de quienes lo amenazan. Hoy nos vamos a fijar, de manera particular, en los fundamentalistas.

Fundamentalismo es un término tan amplio, que vale la pena deslindar: por una parte están aquellos que mantienen una serie de creencias irracionales en materia de teoría política, y tienen la intención de imponerlas a los que no los comparten, y por otra los que simple y llanamente quieren utilizar el aparato estatal para enriquecerse o lograr cuotas de poder.

En los tiempos que corren, y en el país en que vivimos, los enemigos más frecuentes del Estado de Derecho son los que hacen caso omiso de las instituciones, y cínicamente se aprovechan de ellas para terminar por hacer su capricho, trabajar para sus intereses personales, y/o actuar servilmente para el partido político en el que militan.

Los fundamentalistas ideológicos, creen que el Estado totalitario es el ideal según el cual debería funcionar la sociedad. Su principal enemigo es la democracia verdadera, y su principal aliado la falsa democracia, esa que sólo se fija en los votos y que no soporta disensiones u opiniones divergentes, la misma que tiene una afición desmedida por los plebiscitos y referéndum, siempre y cuando estén seguros de contar con la mayoría de los votos.

Los fundamentalistas no sólo limitan arbitrariamente el ejercicio de la libertad política y se incrustan en el aparato del Estado como los virus en las células, sino que también hacen caso omiso de la pluralidad de voces de los ciudadanos que contribuye a formar una opinión más cualificada sobre cuestiones públicas, desprecian los opositores y si su voz tiene suficiente peso y liderazgo los consideran enemigos personales, sujetos que hay que destruir para mayor gloria del Estado.

No toleran el debate público moderado y racional. Actúan de modo maniqueo (separando a todos en buenos y malos) y caricaturizan las posiciones contrarias a las propias. Insultan sistemáticamente y descalifican a quienes les critican, recurriendo a ataques personales o "desenmascarando" en sus opositores las "razones" que les llevan actuar en contra suya, desviando la atención desde los problemas a las personas.

Pero esos no son los más peligrosos. Los peores son los que navegan con bandera de concordia, diálogo, paz; mientras preparan golpes mortales para la institucionalidad. A los descarados se les puede combatir, a los asolapados difícilmente se les identifica por su discurso, y por eso es necesario fijarse en sus obras.

Para terminar con la analogía futbolera, los fundamentalistas ideológicos se pueden comparar a jugadores que están tan seguros del favor del árbitro, que juegan saltándose las reglas, y haciendo lo que les da la gana. Estrategia que les puede salir bien en el corto plazo, pero que irremediablemente termina por destruirlos, a mediano plazo, a ellos y al juego mismo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare