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La fuente de la juventud

La idea era ganarse las cervecitas metiéndole con todo a nuestras bicis, sobre piedra suelta y tremendos charcos, en las lomas, ahora deforestadas, encima de Nuevo Cuscatlán.

Era por allá del 95, cuando mi pila era la bici de montaña. Hasta que uno de esos charcos me aventó al barranco y, durante mi estadía en el hospital, decidí vender la de montaña y comprarme una de ruta.

No era del todo virgen en materia de road bike, pues mi cuñado gringo me había regalado la Peugeot que tenía acumulando telarañas en su garaje.

¿Qué pasó? Me enamoré, y veinte años después, sigo envenenado con tan lindo deporte. Sobre todo cuando el ciclismo se convierte en el jamón, en medio de un pan de natación y otro de carrera, en un sándwich llamado triatlón.

Gracias Gaby, por tu paciencia y apoyo en mi transición deportiva a la media edad. Perdón por tantas horas lejos de ti, encima de mi bicicleta; por tanto planchar la tarjeta en un casco que te hace volar, un reloj que habla y lycras más caras que tus bikinis; por no ir a la reunión en la escuela pues mañana hay que madrugar; por parlar solo deporte con mi clan de lunáticos como yo; por pasar el pollo a la Heimer de tu mamá pues tiene mucha mayonesa.

Pero de una, más bien, de dos cosas podes estar segura: Como ni se me ocurre cambiarte, sí se me ocurre cambiar mi bici cada cierto tiempo. La otra es que nunca me voy a rasurar las canillas como los pros.

Hay dos tipos de ciclistas: los que ya compraron terreno, y los que pronto lo van a comprar. A mí ya me llevó candanga varias veces, y en una casi me lleva del todo.

Enfocado en un entreno de 50 kms. antes de que empezara el tráfico en Santa Elena, a una SUV le valgo sorbete, y me manda a volar. ¡Plocoshhh!, sonó cuando descuartizó a mi niña y no a mis huesos. Gracias a Dios, pero algún suvenir me tenía que dejar el canalla que se dio a la fuga.

Dos meses más tarde, caigo tendido en la maratón de Boston, culpa de una vértebra que aplastaba mi nervio ciático, dolor en crescendo, desde el aterrizaje en Santa Elena.

Afortunadamente me pude alinear las vértebras, y de paso adoptar un disco de plástico, dos plaquetas y cuatro tornillos.

Por fortuna mi doctor era deportista y, antes de rajarme, exclamó: "Te dejaré mejor de cómo te trajo Dios".

Qué bueno que no era pajero, pues sigo aplanando calles y "chapoloteando" piscinas, lagos y esteros.

La otra cara de esta historia de gratitud, no está nada mal. Mejor una bici cada dos años, que andar coqueteando cipotonas o de bar en bar. Mejor cliente frecuente de la tienda de ciclismo que la salud en el abismo.

El miedo que me provocó estar cerquita de la cremación de mis huesos y pellejos, se convirtió en adrenalina que no me deja estar quieto. Chile Piquín me dice mi hermana.

Chile Piquincito ha salido Dieguito, mi hijito.

En el 2012 corrimos 42 kms. 195 metros juntos, seguidos de un abrazo sudoroso imposible de olvidar.

No hay como el deporte, válvula de escape del estrés, antibiótico contra la vagancia, la fuente de la juventud que Ponce de León buscó y buscó, pero nunca encontró.

Gracias San Deporte por contagiar de bienestar a cada vez más y más salvadoreños.

¿Y usted, ya le abrió la puerta a San Deporte?.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

calinalfaro@gmail.com