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¡Fuego cruzado!

Desde tres promontorios lanzan fuego cruzado y nutrido contra la democracia: el Presidente de la República, que defiende su mal gobierno; Alba Petróleos, C.A. de C.V. billetera de gobierno venezolano, y el FMLN, expresión del partido comunista.

El riesgo en que ha caído nuestro país de caer en manos del socialismo del siglo XXI representado en nuestro país por el partido comunista que eliminó del FMLN a todas las otras tendencias (¿miento?), nos obliga a reflexionar acerca de las falencias de nuestra conducta cívica, para sostener el Estado Democrático Constitucional de Derecho, único antídoto contra el totalitarismo.

Las duras experiencias que hemos sufrido por la falta de visión de nuestros anteriores gobernantes, que postergaron el bien común y el interés general y privilegiaron el beneficio sectorial, y las expresiones inequívocas de fanatismo, incultura, intolerancia y autoritarismo de los actuales gobernantes, nos deben hacer pensar y elevar nuestros niveles de participación para vivir la democracia en el futuro con plenitud, con visión nacional y con justicia social. Tenemos que abandonar la indiferencia y ser más protagónicos de la sociedad civil.

En rigor, la democracia supone un esfuerzo sostenido de todos los miembros de una comunidad, un aporte constante de comprensión y cooperación, una actitud reflexiva y constructiva de los ciudadanos. Sin esa disposición, es difícil avanzar en el camino de la superación. Es por esa razón que con frecuencia, escuchamos las palabras desalentadoras de quienes sostienen que nuestro pueblo "no está preparado aún para la democracia", con lo cual quedamos eternamente condenados a sufrir la autocracia, el autoritarismo, la dictadura o el despotismo, que en el fondo añoran muchos espíritus carentes de potencia individual y padecen la nostalgia del rebaño.

Gobernar por la fuerza, como ha hecho Castro por más de cincuenta años en Cuba, sin contar con la opinión de los demás, sin el consenso de la colectividad, haciendo uso de la violencia irracional es expeditivo, fácil destructivo y humillante, algo que jamás hubiera aceptado el apóstol José Martí, autor de la obra "Patria y Libertad", y quien murió en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, luchando contra las cadenas de la servidumbre. Gobernar con la razón, bajo el ojo crítico de la opinión pública, con el libre y plural juego de las ideas, con libertad de prensa, con partidos discrepantes representados en el Congreso, es difícil, pero enaltecedor, y requiere una sólida y acendrada convicción unida a una serenidad a toda prueba, características que de ninguna manera son obstáculo para el progreso.

Democracia y educación son términos complementarios ya que el totalitarismo es un retroceso de la historia y la única defensa en su contra es la cultura y la autenticidad democrática. Pero ésta no es un maná que cae del cielo, ni un modelo de organización social que pueda obtenerse sin esfuerzo. "Es claro que las instituciones democráticas --en palabras de Octavio Paz-- sobreviven con dificultad ahí donde el proceso de modernización no se ha completado, donde impera la pobreza y donde son embrionarios los grupos que constituyen la base de las democracias modernas. La democracia no es la consecuencia del desarrollo económico sino de la educación política. La democracia no es una superestructura: es una creación popular. Además, es la condición, el fundamento de la civilización moderna. De ahí que, entre las causas sociales y económicas que se citan para explicar los fracasos de las democracias latinoamericanas será necesario añadir la falta de una corriente intelectual crítica y moderna". (Octavio Paz. Tiempo Nublado).

Educar al soberano (el pueblo), pues, no es una mera frase sin sentido. En esa gigantesca tarea histórica ocupan los primeros lugares los gobernantes, los medios de comunicación masiva y los partidos políticos.

Los primeros, dando ejemplo de serenidad y tolerancia, y no de explosividad desbordada y tendenciosa, que excluye a poderosos factores de la producción.

Los segundos, orientado a la ciudadanía y acogiendo los criterios de la opinión pública, aunque se irriten los gobernantes.

Los terceros, canalizando las distintas tendencias ideológicas y políticas, sin triquiñuelas, ni marrullerías, sin amaños ni violencias verbales, y sin olvidar que sobre ellos existe una entidad superior que es la Nación y que la soberanía reside en el pueblo.

A ratos, cuando soportamos los zarpazos de los funcionarios que a toda costa quieren imponernos un credo destructivo de los avances de la civilización, tiende a invadirnos el desánimo. Hay que cerrarle el paso a esa debilidad. En vez de él debe cundir la fe, el optimismo, el valor de Bolívar, la esperanza de construir una patria mejor, y considerar, superando las dictaduras seculares de nuestra historia, que los diez años de cruenta guerra civil que terminaron con los Acuerdos de Paz, fue un eslabón doloroso pero inevitable para el progreso de nuestra organización política.

Pero ese cruento sacrificio no debe caer en el vacío ni quedar en el olvido. Debe servir para recordarnos el durísimo precio que se tuvo que pagar para instalar ¡Por fin! el incipiente Estado Democrático Constitucional de Derecho que hoy quiere traicionarse una vez más.

Nuestra Constitución es amplia y magnánima, y dentro de su esfera caben las medidas necesarias para implantar la justicia social en nuestro suelo e incluye a todos los sectores de buena voluntad. No hay razón para romper el orden constituido con tanto sacrificio e imponer, en cambio, sistemas políticos que, como el socialismo del siglo XXI, cercenan las más altas virtudes del ser humano y propician la emigración masiva, sin lograr otra cosa que miseria, desabastecimiento, tristeza y decadencia.

¡Es la hora en que el heroico pueblo salvadoreño muestre sus virtudes!

*Doctor en Derecho.