Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Franqueza para el diálogo

La franqueza, por encima de la mera cordialidad, es uno de los pilares del diálogo social; otro pilar es tener principios claros que defender. En consecuencia, ser franco a la hora de exponer en qué se cree y por qué razones, al igual que abrirse a la posibilidad de estar equivocado, constituye un camino prometedor hacia la búsqueda real de acuerdos nacionales.

Por regla general, quien conoce bien los argumentos en que se fundamentan sus principios no teme el diálogo ni rehúye el debate. Como suele estar más interesado en llegar a la verdad que en justificarse a sí mismo, su franqueza es parte integral del "armamento" dialéctico que lleva consigo a las pláticas con aquellos que no comparten sus ideas. Espera, lógicamente --y a ratos exi ge--, la misma nobleza de parte de sus interlocutores. Dado que él busca aprovechar la oportunidad de contraponer puntos de vista, sin adornos ni disfraces, pide idéntica honestidad en los que, supone, persiguen el mismo objetivo.

A nadie debería preocupar que amplios sectores sociales y políticos tengan visiones distintas de un mismo problema; lo preocupante es la falta de sinceridad al momento de exponer esas visiones. Que haya ideas opuestas es condición ineludible del diálogo entre sectores. Hasta la pasión a la hora de intercambiar argumentos es digerible si está provocada por la convicción y la integridad. Pero si la gran ausente es la franqueza, las motivaciones verdaderas están bajo la mesa y los acuerdos quedan rotos desde el inicio. Las agendas ocultas, antes que las convicciones contrapuestas, son las causantes del fracaso rotundo de muchos diálogos sociales.

Ahora que se habla tanto de buscar entendimientos nacionales, reconocer que existen desconfianzas es un excelente punto de partida. Es buen síntoma no pretender ignorar que la experiencia con el actual gobierno, en esta área sensible, ha sido muy amarga. Quedó bastante claro, y demasiado pronto, que las diversas mesas de diálogo montadas por la administración Funes cojeaban de varias patas.

Tal vez la disposición a escuchar fue siempre inexistente. Quizá no hubo jamás intención de tener acercamientos reales. El caso es que las refutaciones oficiales, desplazando ideas y privilegiando las descalificaciones de índole personal, caldearon los ánimos de tal modo que los consensos se hicieron prácticamente inalcanzables.

Allí tenemos, como mal ejemplo, las formas que aplicó el gobierno actual para enfrentar los ingentes retos en materia de seguridad pública. Era evidente en 2009, igual que lo es hoy, que sólo la unión de la sociedad entera podía conducir al combate eficaz de la violencia criminal. Lo que el oficialismo hizo, sin embargo, fue dinamitar la coordinación intersectorial casi desde la primera convocatoria para abordar el tema. Llamó a las gremiales empresariales y les demandó que apoyaran su política de seguridad, pero no hubo manera de hacerle comprender que para conseguir ese respaldo debía tener, en efecto, una transparente política de seguridad. De otro modo, ¿quién en su sano juicio iba considerar aceptable que se tirara dinero sobre estrategias que el gobierno rehusaba compartir precisamente con aquellos a quienes pedía ayuda?

Si la intención de combatir la delincuencia hubiera guiado los pasos de la actual administración, la franqueza en el diálogo habría sido la principal herramienta puesta a disposición de todos los sectores que deseaban colaborar en semejante tarea. Al faltar ese grado mínimo de sinceridad, la desconfianza tomó control de la situación. El resto lo hizo el voluble carácter de quien ha sido nuestro presidente en los últimos cinco años.

A las puertas de otra sucesión gubernamental, las esperanzas de todos están cifradas en la oportunidad histórica de una honesta búsqueda de acuerdos mínimos sobre los problemas más acuciantes. Urgen conversaciones que privilegien la sinceridad por encima del cálculo político y que pongan la lealtad al país por sobre cualquier ideología. Otro lustro de discursos estridentes y agendas paralelas, con su probada esterilidad, sería catastrófico.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy