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Su finura en proponer libertades sin herir

“Es en casa donde aprendemos a recibir y a agradecer la vida como una bendición y que cada uno necesita a los demás para salir adelante”

En estos días, mientras el mundo sigue, paso a paso, lo que el Papa Francisco va diciendo y haciendo en su visita a los Estados Unidos, no hay que olvidar las simientes de libertades que Francisco dejó en su visita a Cuba. Después de esa visita, nada seguirá siendo igual en Cuba. Su dictadura --casi cárcel-- ha comenzado, lentamente a morir. Y ello porque Francisco sabe decir una serie de verdades de tal forma que no acusan ni hieren, pero que llevan consigo una enorme energía transformadora, una puerta que se abre, una luz, y una esperanza irresistibles.

Ya, en el mismo discurso de bienvenida, el Papa señaló como, geográficamente, “Cuba es un archipiélago que mira hacia todos los caminos, con un valor extraordinario como «llave» entre el norte y el sur, entre el este y el oeste. Su vocación natural es ser punto de encuentro para que todos los pueblos se reúnan en amistad, como soñó José Martí. Ese mismo fue el deseo de san Juan Pablo II con su ardiente llamamiento a «que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba».

Pero para eso es necesario que “la Iglesia siga acompañando y alentando al pueblo cubano en sus esperanzas y en sus preocupaciones, con libertad y todos los medios y espacios necesarios para llevar el anuncio del Reino hasta las periferias existenciales de la sociedad”. Y eso ha sido posible porque “la Virgen de la Caridad del Cobre ha acompañado la historia del pueblo cubano, sosteniendo la esperanza que preserva la dignidad de las personas en las situaciones más difíciles y abanderando la promoción de todo lo que dignifica al ser humano”. Y cuando promete que tendrá ocasión “de ir al Cobre, como hijo y como peregrino, para pedirle a nuestra Madre por todos sus hijos cubanos y por esta querida Nación”, nuevamente insiste en que ello lo hará “para que transite por los caminos de justicia, paz, libertad y reconciliación”.

En su segundo mensaje, ante cientos de miles de personas y una gigantesca imagen del Che Guevara, el Papa Francisco pidió a los cubanos y al mundo que no se olviden de los más frágiles, que les sirvan. “Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos y porque la importancia de una nación se mide en cómo atienden a los más necesitados” Ese servicio debe ser gratuito, por amor, subrayando que debe servir a las personas, no a las ideologías.

Pero será en su encuentro con los jóvenes donde su mensaje tomará más fuerza en estrenar esperanzas de libertades, pidiéndoles que “aunque tengan puntos de vista diferentes” vayan “acompañados, juntos, buscando la esperanza, el futuro y la nobleza de la patria” trabajando para crear amistad social, “porque la enemistad destruye la familia, destruye un país y puede destruir el mundo”. Les  animó a soñar, “porque un joven que no es capaz de hacerlo «está clausurado y cerrado en sí mismo». Y, con el modo de hablar muy a lo argentino, les dijo “Soñá que el mundo con vos puede ser distinto, soñá que si vos ponés lo mejor de vos vas a ayudar a que ese mundo sea distinto”.

En su despedida de Cuba desde la ciudad de Santiago, su discurso tomó un tono diferente, directo, en su alabanza a las familias. “Es en casa donde aprendemos a recibir y a agradecer la vida como una bendición y que cada uno necesita a los demás para salir adelante.”

En la despedida, Raúl Castro apretó la mano del Papa con una especial fuerza afectuosa. Habían tenido una hora de conversación privada, sin periodistas -¿sin micrófonos ocultos?-. Solo ellos dos saben de qué hablaron, pero es muy posible que, después, Raúl ya no siga siendo el mismo.

*Dr. en Medicina.
Columnista de El Diario de Hoy.
luchofcuervo@gmail.com