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¿El fin del poder?

En su último libro, Moisés Naím, intelectual venezolano y articulista internacional, afirma que el poder es cada vez más débil, más transitorio y más limitado. Agrega que en el Siglo XXI el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder. Ciertamente los funcionarios públicos se enfrentan ahora a una serie de restricciones que les han obligado a transparentar sus decisiones. En la actualidad existe un control más exhaustivo de los fondos públicos, herramientas más adecuadas para combatir la corrupción y una mayor determinación de los ciudadanos para vigilar la actuación de los políticos.

Simultáneamente, la política se ha internacionalizado. Las grandes cadenas en todo el mundo se interesan por la realidad nacional. Las políticas públicas son cuestionadas por analistas locales y por periodistas extranjeros de importantes medios de comunicación. Ya no es fácil participar en la función pública. De igual manera, las dificultades que enfrentan quienes quieren obtener el poder político son al mismo tiempo oportunidades extraordinarias para alcanzarlo si se utilizan las restricciones de manera inteligente.

El acceso a la información pública es un buen ejemplo. Cuando se gobierna de cara a la sociedad, sin ocultar documentos ni limitar el conocimiento del uso del dinero público, el político aumenta su credibilidad. Partidos y gobiernos transparentes garantizan el apoyo de la colectividad, incrementan la probabilidad de la reelección de sus candidatos en diferentes cargos y en el caso de los institutos políticos, aseguran una membresía más comprometida. A propósito de las afirmaciones de Naím, efectivamente la apertura de la información pública limita el poder. Pero se trata de una limitación racional que bien administrada por los funcionarios puede representarles grandes éxitos en su gestión.

No hay duda que el poder de los políticos ahora es más débil que antes. Esa fragilidad crece cuando son los mismos quienes continúan por décadas ocupando las posiciones más altas en las jerarquías partidarias. La militancia de los partidos exige más democracia interna. Quieren participar en la elección de sus candidatos y terminar con la "dedocracia". También piden ser tomados en cuenta para la toma de decisiones trascendentales. Cerrar a los afiliados la posibilidad de influir en la vida de la organización política es un suicidio. Tarde o temprano los activistas pasarán factura y reclamarán a las cúpulas el poco interés que se le ha brindado a las aspiraciones de la base y su instrumentalización exclusiva en época electoral.

El poder es más difícil de utilizar cuando se cuenta con una sociedad civil activa. A los regímenes autoritarios no se les dificulta gobernar porque no existen fronteras entre uno y otro Órgano del Estado. Se anulan todas las garantías y los derechos fundamentales, se limita la libertad de expresión y la posibilidad de organizarse colectivamente, la inviolabilidad de la morada y de las comunicaciones desaparece y la presunción de inocencia pasa de ser la regla general a una situación excepcional. Todo depende de la voluntad del régimen. Si frente a esa conducta surge una ciudadanía que señala, denuncia, se enfrenta a los abusos de las autoridades y participa con el propósito de sustituir a quienes se aprovechan del poder, entonces el libreto cambia y la vida en sociedad mejora.

Quienes obtienen el poder político intentan mantenerlo por lo menos durante el período para el cual fueron nombrados en sus cargos. No lo ganan para entregarlo al mes siguiente de su elección. Aquellos que ven disiparse el poder en un breve plazo no comprenden que ahora la sociedad exige más, vigila más y cuestiona más. Los candidatos deben cuidar sus promesas de campaña porque de ganar la elección, el cumplimiento de su plan será auditado minuciosamente y se contrastarán sus ofrecimientos con la realidad.

En los países donde se han logrado acuerdos básicos para fomentar el crecimiento económico, la pérdida del poder se facilita cuando las clases medias no encuentran respuesta a sus exigencias para que se mantenga y profundice el progreso alcanzado. Lo hemos visto en Chile, Brasil y España. Mientras tanto, allá donde aún existen grandes segmentos en situación de extrema pobreza, el poder también puede perderse por estallidos sociales producto de una injusta distribución de la riqueza.

Naim acierta al afirmar que el poder se está fragmentando. Ya no sólo deciden los gobernantes. Ahora debe tenerse en cuenta a la sociedad civil, a los medios de comunicación, a los pobres y a los ricos y a los acontecimientos que suscitan transformaciones sociales y políticas en otras latitudes. Gobernar siempre ha sido un "arte", pero en la actualidad es un enorme desafío que ya no es posible administrar en la oscuridad, con arrogancia y en soledad. Llegó la hora de un poder más abierto, necesariamente compartido, que se ejerza sin soberbia e indudablemente mucho más transparente.

*Columnista de El Diario de Hoy.