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Feminismo contradictorio y sentido común

Acusando a su colega venezolana de cosas que no puede probar, la diputada Lorena Peña escribió en Twitter que María Corina Machado, vapuleada en el hemiciclo de la Asamblea Nacional bolivariana, "no merece" la solidaridad de las parlamentarias de su partido, el FMLN. Leyendo entre líneas esta tajante postura es fácil colegir que sus tan gritadas reivindicaciones feministas tienen una raíz fuertemente ideológica, con propósitos más instrumentales que humanistas.

El problema de las ideologías es que se convierten en corsés intelectuales. Quienes se las meten en las entretelas del espíritu, a la manera en que una transfusión mete sangre en el cuerpo, ya no pueden ver la realidad como es, sino como la ideología les obliga a verla. Por consiguiente, bajo los efectos de este poderoso narcótico, llaman "conocimiento" a la acumulación de prejuicios, le dan el status de "indignación" a la reacción visceral, y denominan "consenso" a lo que no es más que la aceptación colectiva de sus premisas. Aunque hablan continuamente de dialogar, lo cierto es que viven eternamente indispuestos al diálogo. El error es una roya que sólo crece en los sembrados "enemigos".

Se queda uno estupefacto cuando intenta razonar con los milicianos ideológicos de estos tiempos. Su obstrucción es práctica y teórica. Aquel viejo y achacoso "Diccionario filosófico" que en su día escribieron Rosental y Iudin --¿a cuántas generaciones habrá confundido en todo el mundo?-- designaba por "ideología" a cualquier "sistema de concepciones e ideas", para luego trazar una primera y rotunda división: "Los intereses de las clases reaccionarias dan origen a una ideología falsa; los intereses de las clases progresivas, revolucionarias, contribuyen a la formación de una ideología científica". ¿Cómo discutir la oblicuidad de semejantes postulados? ¿Cómo entablar diálogo con alguien que, formado en criterios tan rígidos, en verdad cree que así puede dividirse la totalidad del pensamiento humano?

Ya en otros artículos he recordado que Marx se apoltronó en la creencia de que él había arribado a la única manera científica de entender y transformar el mundo. Quienes no se ajustaran a esta medida estaban equivocados. Entonces, a partir de la bifurcación entre la objetividad del materialismo histórico y el sistema de apariencias históricamente impuesto por el capitalismo, la ideología marxista fue encontrando numerosas realidades sobre las cuales justificar y mantener vigente la lucha de clases.

Una de las realidades que se encontró fue, precisamente, la preclara batalla de las mujeres por la equidad. La infiltración del marxismo en este movimiento por los derechos civiles fue progresivo, pero ya en pleno Siglo XX se volvió invasivo e incendiario; a tal grado, que las opiniones contra el aborto de una pionera del sufragio femenino en Estados Unidos como Susan B. Anthony (1820-1906) resultaban escandalosas para Simone de Beauvoir (1908-1986), que hasta en la absolutización de la libertad humana siguió las ideas de Sartre.

Aunque no todas las feministas se dejaron contaminar por una doctrina que buscaba enfrentar a la mujer contra el hombre, las voces más beligerantes fueron las de aquellas que creyeron que su causa necesitaba ese fundamento ideológico para prosperar. Pues bien, el feminismo que reivindica el FMLN es de este tipo. Y por lo mismo es irremediablemente selectivo. Los derechos de las mujeres están en el discurso hasta que la víctima es una "enemiga de clase". Haber nacido tal no basta para que una mujer "merezca" ser defendida ante una agresión injustificada: su identidad ideológica es fundamental. Y si esta mujer no piensa como el partido, incluso puede "merezca" algunas fracturas en la nariz. Así funciona este feminismo contradictorio.

La réplica que se ganó la diputada Lorena Peña en Twitter es bien clara: "La próxima vez que la bancada del FMLN condene un acto de violencia contra la mujer, ¿quién les va a creer". Pues sí. Es que así funciona el sentido común de los salvadoreños.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.