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Feminismo blanco

En países como El Salvador, la discusión de la inequidad salarial, la participación de las mujeres en instancias de poder y en la fuerza laboral, son un lujo

No hay duda en que los últimos siglos han traído enormes avances en el área de la equidad de género. Más mujeres han logrado salir de la pobreza en Latino América gracias a nuevos accesos a oportunidades laborales. Sigue en la lista de pendientes por conquistar la equidad salarial – que no necesariamente es producto de discriminación descarada, sino de limitaciones que enfrentan las mujeres en lo que a sus opciones laborales se refiere. 

Esta semana, la conocida actriz Jennifer Lawrence se robó el ciclo noticioso al escribir un ensayo en el que compartía sus experiencias en Hollywood enfrentándose a salarios que muchas veces, injustificadamente, eran bastante menores que los de sus pares masculinos. Y su ensayo abrió el espacio para tener interesantísimas discusiones sobre la equidad de género e irónicamente, la de inequidades existentes dentro de la misma lucha por la equidad de género.

Y es que sí, las consecuencias de las inequidades de género no son “igual de desiguales” para todas las mujeres. Afectan en mucho mayor medida a las minorías raciales, con menos acceso a educación y, por ende, mayores tasas de embarazos adolescentes, mayores posibilidades de vivir en situaciones de pobreza y menores oportunidades laborales. El abogar por simple igualdad de paga en Hollywood es valiente, sí, pero miope y actualmente conocido como “feminismo blanco”, el que aboga por igualdades superficiales y de manera inconsciente de que hay discriminaciones de las que el privilegio protege. Por ejemplo, la brutalidad policial, a lo largo del continente americano, tienen más posibilidades de sufrirla aquellas mujeres que viven en situaciones de pobreza o con rasgos raciales más oscuros. 

Pero en países como El Salvador, la discusión de la inequidad salarial, la participación de las mujeres en instancias de poder y en la fuerza laboral, son un lujo. La lucha por estas conquistas solo pueden hacerla las que poseemos el privilegio de tener voz. Los millones de niñas cuyas voces son silenciadas por el miedo a las maras y la violencia de género como consecuencia, no pueden darse el lujo de pensar en conquistas dentro del mercado laboral cuando el miedo y las amenazas de violencia harán que dejen de ir a la escuela antes de terminar la secundaria. Cuando la falta de oportunidades y educación las convertirá en mamás antes de que puedan votar, es difícil que se planteen si es proporcional la participación femenina en la política. 

La radio nacional pública, en Estados Unidos, mejor conocida como NPR, publicó recientemente un reportaje desgarrador sobre las “surrealistas razones por las que las niñas están desapareciendo en El Salvador”. El reportaje —un segmento que dura casi quince minutos en una de las radios más sintonizadas en Estados Unidos—, ilustra cuatro historias que en nuestro país se están volviendo demasiado típicas:  la de la niña que tras ser amedrentada por compañeros de escuela pertenecientes a las maras, tuvo que dejar de estudiar;  la de la niña cuya mamá no tuvo otra opción más que intentar mandarla a Estados Unidos para protegerla de las amenazas de violación sexual de su padre, convicto criminal en un penal de alta seguridad; la de la niña cuya amiga, simplemente desapareció sin dejar rastro, tras una serie de amenazas de pandillas. Es indudable que el feminismo ha hecho enormes cosas por la equidad de género en el país. Sin visionarias mujeres como Prudencia Ayala, conquistas básicas como el voto y la participación política habrían tomado mucho más tiempo.  Pero la crisis de violencia es un indicador de que falta hacer mucho más, pues la vida y la libertad son precondiciones para cualquier aspiración a equidad, y la cantidad de niñas y mujeres que tienen la vida y la libertad amenazadas es exorbitante. Si bien vale demandar equidad, olvidarse de que para un porcentaje enorme de mujeres estas demandas son un privilegio, porque les falta lo básico, como vivir o disponer sobre el destino propio, sería una miopía muy al estilo del feminismo blanco. Ojalá los organismos internacionales, con sus agendas y financiamientos, no las olviden tampoco.


*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy. @crislopezg