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Fanatismo deportivo en la política internacional

Una tendencia en los deportes es al fanatismo irracional. Algunos podrán llamarle lealtad a lo que explica que jamás se verá a un admirador de Rafael Nadal celebrar un gane de Novak Djokovic o a un hincha del Real Madrid reconocer cuando el Barcelona ha jugado mejor y viceversa. Esta tendencia que en los deportes es inofensiva y hasta cómica, tristemente a veces se traduce al terreno de la política internacional, como es el caso cuando se analizan hechos entre Israel y Palestina. Quienes se consideran "Amigos de Israel" asumen de los israelitas conductas benignas como absoluto constante, y de la misma manera quienes apoyan la causa Palestina prefieren ignorar cuando el barbárico es su bando.

Y es este relativismo fanático lo que impide que cuando se exacerban las crisis en la Franja de Gaza se logre abordar el tema de maneras que puedan conducir algún día a la anhelada y tan necesaria paz para individuos que han sufrido tanto. Negar que los enemigos de Israel han cometido violaciones a los derechos humanos es caer en una falsedad, pero reconocerlo jamás debería ser equivalente a una defensa de cualquier acción violenta de las que el gobierno israelita ha decidido tomar en la crisis actual. Como bien dijera Roderick Long, profesor de filosofía en la Universidad de Auburn, reconocer las enormes contribuciones al desarrollo humano por parte de los israelitas --premios Nobel, avances científicos, innovaciones en sistemas de irrigación-- no compensa las barbáricas acciones de sus gobiernos de la misma manera que los progresos que se le deben a la Roma Imperial no borran el colonialismo con el que esclavizaron a varias sociedades.

Tampoco es cierto que todo ataque violento contra Israel se debe a la envidia que otros pueblos tienen de sus libertades y no a sus actitudes expropiatorias. En la crisis actual hay que tener claro que el secuestro y asesinato de tres jóvenes israelitas es un crimen, no es justificable de ninguna manera. Pero también la desproporcionada respuesta gubernamental de Israel constituye en sí misma otro crimen, que viola otros derechos de otros individuos, cuyas vidas también merecen la misma defensa y el mismo respeto que los jóvenes asesinados. Al respecto hacía Nathan Goodman, un académico cuasi-anárquico, un excelente argumento: el perpetrador de un crimen violento debe responder por él. No su familia, ni sus vecinos, ni sus congéneres, colegas, compatriotas, o miembros de la misma religión o raza.

Este argumento señala la importancia de la responsabilidad individual frente a la inmoralidad, que como cada vez que se pretende equivocadamente asignar a un grupo características de uno de sus miembros, tiene la colectivización de los castigos, misma que la Convención de Ginebra clasificó como crimen de guerra. Ninguna de las acciones que el gobierno israelita ha emprendido frente a los captores de sus ciudadanos adolescentes ha sido precedida con debido proceso o se han limitado a los supuestos culpables: más bien se han extendido como el cáncer para violentar a vecinos y familiares, con poco respeto por sus vidas y propiedades, cual Atila y sus Hunos. Amnistía Internacional reportó muertes a raíz de los ataques de misiles sobre Gaza, mismos que de ninguna manera restituyen la pérdida a los familiares de los adolescentes asesinados.

Estas acciones y otros atentados a las libertades y derechos fundamentales que como gobierno abusando de su fuerza ha infringido Israel contra muchos palestinos se hacen, supuestamente, en nombre de la lucha contra el terrorismo. Ellos podrán llamarles como quieran: pero quienes quieran poner la defensa de los derechos humanos por encima del fanatismo ideológico harían mal en no llamarles terrorismo de Estado.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg