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Falta familia y educación

Contamos 25 personas asesinadas cada día: el doble del mes anterior, que aumentará el próximo, que podemos ser nosotros o uno de los nuestros y que un 95 % de estos crímenes, ordenados desde las cárceles, queda impune. El gobierno ha demostrado no tener la capacidad de manejar esta situación, disfrazándola con argumentos absurdos e inútiles comisiones y mesas de trabajo, mientras rechaza las recomendaciones de entidades privadas y especialistas.

¿Qué hacemos? Hay un sentimiento general de impotencia, de manos atadas, de vergüenza por no tener las agallas de salir a las calles, exigiendo al gobierno nuestro derecho a la vida y a la seguridad. 

Y aunque todos conocemos la solución porque frecuentemente se menciona, existe temor de ponerla en práctica porque no es políticamente correcta, ni populista, tiene un costo político y no atrae votos. Aceptemos que el origen nuestros problemas es la falta de familia y de educación, aunque hay quienes se han atrevido a burlarse al considerarlo una alternativa ingenua e intrascendente.

A pesar de los millones gastados en estos 6 años en programas sociales, la deserción escolar ha aumentado, mientras secundaria y bachillerato tienen cada vez menos alumnos. Muchos adolescentes rechazan la educación, porque carecen de ambición de salir de la pobreza. Prefieren acompañarse desde la adolescencia (gracias a las malvadas campañas del sexo seguro mediante el reparto indiscriminado de condones) y empezar a procrear hijos cuyo destino será peor que el de sus irresponsables padres.

Un altísimo porcentaje de miembros de las maras carecen de familia, tienen de madres solteras con diferentes compañeros. Adolescentes convertidos en criminales para ingresar a la pandilla, muchos los cuales ya tienen hijos, aunque no merezcan el título de padres. Han crecido sin hogar ni temor de Dios, y sin una cultura de trabajo y de esfuerzo, encontrando en la droga y la extorsión, el acceso al dinero fácil, incluyendo niños de 8 años, cuya inocencia desapareció en medio del terror y de la sangre.

Duras declaraciones de un maestro: "No hay mucho qué celebrar. Los maestros hemos perdido toda autoridad en la escuela desde que apareció la LEPINA. El Consejo de la Niñez y la Adolescencia nos trata como delincuentes". Muchos docentes lamentan no poder amonestar a los alumnos que lleven celulares y tabletas a la escuela, y menos confiscarlos, porque dicha ley autoriza a los padres a reclamar legalmente al maestro, por su abuso de autoridad. En una escuela rural, un niño exigió al director la nómina de los maestros, con sus sueldos, por exigencia de la pandilla para determinar el monto de las extorsiones.

El gobierno ha fracasado en materia de educación, y debería dedicar esos millones desperdiciados en programas sociales, a reparar todas las escuelas de la república dotándolas de material didáctico adecuado, a pagar a tiempo a los profesores, a realizar puntualmente los desembolsos para cubrir los gastos de operación. Los maestros merecen un ambiente digno y saludable para motivar a los alumnos a esforzarse por estudiar. Para abrirles los ojos hacia un porvenir lleno de promesas e ilusiones.

Urgen campañas que refuercen la unidad familiar y la vivencia de valores, exaltando la figura del padre como responsable del hogar, comprometido con sus hijos. Reconocer a la mujer su valor como madre, y su constante sacrificio para hacer de sus hijos ciudadanos responsables. Los millones que el gobierno derrocha anunciando logros inexistentes deben destinarse a campañas para reforzar la familia. Es una labor de largo plazo, pero con resultados medibles y seguros, que debemos exigir a este gobierno que ha perdido el rumbo.

 

*Columnista de El Diario de Hoy.