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El factor esencial

La evidencia es clara. Para todo aquel que se ha tomado el tiempo de estudiar un poco la historia y hacer análisis comparativos entre países, la cosa no es complicada y los datos despejan toda duda. Los elementos más importantes para promover el desarrollo y combatir la pobreza son la educación y la productividad, siendo uno consecuencia del otro.

Basta echar un vistazo al mapa mundial y ver el ingreso per cápita de los países para notar que aquellos que tienen poblaciones mejor educadas son los que lideran las posiciones. Algunos de estos países tienen un largo historial de prosperidad y otros, como los asiáticos, son relativamente nuevos protagonistas. Todos tienen como denominador común el haber apostado a la educación como estrategia esencial de desarrollo. La productividad, que al fin de cuentas es lo que genera crecimiento económico, está muy ligada a la educación en el sentido que hace más eficiente la utilización de los recursos y les agrega valor. Es lo que hace la diferencia entre vender pescado en el pueblo y exportar cápsulas de Omega-3. Lo primero no tiene prácticamente valor agregado y lo segundo tiene mucho. Pero extraer el Omega-3 del pescado requiere obviamente mayores conocimientos. Dar el salto de vender materias primas y vender bienes con valor agregado es la clave, y eso requiere educación. Naciones como Finlandia y Japón, con pocos recursos naturales, tienen poblaciones altamente educadas y eso ha hecho la diferencia.

Aunque el término educación implica predominantemente aspectos académicos como conocimiento de ciencias, tecnología y artes, no se limita a eso. Educación también significa la formación de actitudes hacia el trabajo y al esfuerzo individual y de grupo. Al desarrollo de una conciencia de que las cosas que se obtienen y los triunfos que se logran son resultado del empeño invertido. Cuando se tienen educación y una mística de trabajo el éxito está garantizado.

Los salvadoreños hemos sido reconocidos como gente trabajadora. La laboriosidad de la población ha sido como una característica muy propia. Esto, a pesar de ser un factor decididamente positivo, no ha llevado al desarrollo y la prosperidad. Y ha sido así porque le ha faltado complementarse con una mayor educación. Si este componente falta los potenciales y la voluntad se ven muy limitados.

No es difícil concluir que es necesario fomentar con todos los recursos posibles una buena calidad de educación pero también formar en la población actitudes positivas y percepciones realistas. El éxito, tanto personal como colectivo, requiere esfuerzo.

Actualmente tenemos dos problemas. Además de que la calidad de la educación sigue siendo deficiente para un gran sector de la población, la mística del trabajo y del esfuerzo individual se va perdiendo. El primero es un problema de priorización de recursos, el segundo es de tipo psicológico y tiene que ver con los mensajes que se trasmiten.

El camino correcto es evidente, pero se presenta un dilema. El hablar con claridad y hacer ver a la población, especialmente a los jóvenes, que deben poner mayor empeño, estudiar más y trabajar arduamente para lograr sus objetivos, no da votos. Lo que sí da votos es crear la ilusión de que las cosas se pueden conseguir sin mayor esfuerzo. Crear fantasías de prosperidad sin recorrer la ruta que lleva a eso, que hay caminos fáciles y rápidos. Es más popular. El problema es que no es cierto, y que hay muy pocos que lo dicen.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.