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La extraña leyenda de una familia

Ángel Guirola fue un hombre de bien. Fue pionero de la agricultura, diputado, vicepresidente de la República, Incluso ocupó brevemente la presidencia de la República durante la administración del doctor Rafael Zaldívar, en 1884

La relato tal como me la contó un octogenario de Santa Tecla.

“Dicen que un buen día apareció, como de la nada, por las empedradas calles de Zacatecoluca un hombre alto, blanco y de buen parecer. Tenía un aire solitario y melancólico. Se hospedó en una pequeña casa y afirmó llamarse Rafael María Guirola.

Sus primeras actividades las dedicó al comercio. Se casó con Gertrudis De la Cotera y González, descendiente de abuelos españoles tanto de padre como madre. En 1926 nació del matrimonio Guirola- De la Cotera, un varón que fue bautizado como Ángel. Fue enviado a cursar sus estudios universitarios a la ciudad de Guatemala donde luego de graduarse trabajó un tiempo como empleado en una de las farmacias más grandes de aquella capital.

Regresó a El Salvador y, con sus ahorros y préstamos, compró algunas propiedades agrícolas la cuales dedicó al cultivo del añil. Ángel demostró una gran habilidad para la exportación de este producto y extendió sus operaciones por el Caribe y los Estados Unidos.

En 1858 contrajo matrimonio con la jamaiquina Cordelia Duke Alexander, de quien se rumoraba sabía extraños rituales, propios del Caribe, que tenían que ver con pactos con espíritus. Fue ella, según la leyenda, quien estimuló a Ángel a que pactara con el demonio.

El negocio de siempre: dinero a cambio del alma. Fueron tantas las propiedades que adquirió Ángel Guirola De La Cotera que no pocos atribuyeron la fortuna a los ritos sugeridos por Doña Cordelia.

Los campesinos, que frecuentemente cambiaban la pronunciación de algunas palabras y nombres de personas, se referían a Don Ángel, como el señor Virola. Y como eran muchos los que trabajaban en algunas de sus propiedades a los habitantes de Zacatecoluca se les comenzó a llamar, hasta hoy, viroleños.

Los Guirola se mudaron a vivir a Santa Tecla en 1866. Allí construyeron una espléndida casa que evocaba las mansiones parisinas. Sobre el magnífico edificio se construyeron dos estatuas de águilas que parecían custodiar de manera majestuosa la ciudad entera. Por esa razón se le llamaba la Mansión de las Águilas.

Los Guirola, se aseguraba en cuentos de camino real, eran los dueños de casi todo en la ciudad: de la luz, el agua y el transporte, los árboles de los bosques y los animalitos que habitaban en él. Las nuevas generaciones se siguieron beneficiando del inmenso capital.

Hubo un miembro de la familia que tenía, se decía, una habitación forrada con monedas de plata. En el techo había un símbolo que semejaba un macho cabrío. En esa habitación se ofrecían sacrificios de hermosas doncellas. Muchas mujeres bellas, afirmaban los comadres de velorio, fueron sometidas a todo tipo de prácticas sexuales y luego nunca más volvieron a ser vistas.

Otro Guirola solía pasear por Santa Tecla, vestido completamente de negro. Se hacía acompañar de una docena de enormes perros color sepia que caminaban libremente a su lado. A los canes se les habían arrancado los colmillos naturales y en su lugar les colocaron colmillos de oro puro. 

En la Mansión de las Águilas, en fiestas exclusivas, se bebían unos brebajes en los que se mezclaba sangre de murciélagos con finos licores europeos. Algunos miembros de la familia jamás envejecieron. A cambio de la fortuna y la juventud una serie de tragedias golpeó duramente a esa familia”.

Evidentemente a la inventiva popular les fueron agregados episodios inspirados en la literatura clásica como el Fausto, de Goethe, el Conde Drácula, de Stoker, Barba Azul, de Perrault y el Retrato de Dorian Gray, de Wilde.

La verdad es que Ángel Guirola fue un hombre de bien. Un filántropo. Fue un pionero de la agricultura, diputado, vicepresidente de la República, Incluso ocupó brevemente la presidencia de la República durante la administración del doctor Rafael Zaldívar en 1884.

La familia Guirola donó El Cafetalón, un hermoso parque natural. También una enorme construcción para albergar a niños huérfanos y otra para construir un hospital para atención a los pobres. Tanto El Cafetalón, el orfanato y el hospital llamado San Rafael, ubicados en Santa Tecla, perduran en el tiempo.
(Fragmento del libro “El Oligarca Rebelde”. Interesados llamar al 2246-3300)


 *Columnista de El Diario de Hoy.