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La explicación de Gilligan al mes de agosto

La disparidad de explicaciones de los encargados de nuestra protección nos hace pensar que no poseen una idea unificadora que englobe las diversas aristas del alza sostenida de homicidios y asesinatos

El mes de agosto terminó como el mes más violento del presente siglo y bastante arriba de la mayor parte de meses del siglo pasado. Frente a tal catástrofe humana se intentan diversas explicaciones. Un funcionario dice que el actual reino de la muerte obedece a que los planes de seguridad están funcionando, otro dice que es porque han logrado debilitar a las pandillas, otro dice que es porque las bases de las pandillas están pasando factura a sus líderes por la pasada tregua, otro que las pandillas quieren obligar al Estado a una nueva tregua, otro que porque las pandillas se encuentran desesperadas y quieren hacer número de muertos como último recurso.

La disparidad de explicaciones de los encargados de nuestra protección nos hace pensar que no poseen una idea unificadora que englobe las diversas aristas del alza sostenida de homicidios y asesinatos. No es primera vez que los funcionarios muestran diversidad de opiniones, lo cual, trasluce que no poseen una teoría de la violencia que les permita explicar las diversas dinámicas de las violencias.

 Al no poseer una brújula teórica todo queda al criterio personal, muy teñido por la tradición vengativa de la cultura salvadoreña que hace pensar que el uso de la fuerza es la solución más eficaz de los problemas. En esa línea se encaminan casi todas las acciones, entre ellas, la calificación de terroristas a las pandillas, lo cual, permitirá el incremento de las penas. Todo bajo la lógica siempre derrotada que las penas severas disuaden del delito.

No obstante, el psiquiatra James Gilligan, experto teórico y con una larga experiencia en la mitigación de la violencia, nos da su respuesta en su libro Preventing Violence. Del cual, me tomo la licencia de citar: “La tradicional aproximación legal y moral a la violencia, realmente estimula la violencia en lugar de prevenirla, esto se basa en un error enorme, es decir, una incuestionable asunción que no solamente es un error factual sino que en realidad una inversión de la verdad. (…) En tanto nos restrinjamos a pensar en los términos tradicionales sobre el castigo como una respuesta al crimen y la violencia, encontraremos que los únicos tipos de preguntas que podemos hacernos son aquellos que utilizan categorías morales en lugar de empíricas, tales como, ¿Merece la persona ese castigo? O ¿Fue un castigo justo? No obstante, cuando uno prueba contra los datos empíricos la asunción que el castigo previene la violencia, examinando cómo las personas castigadas realmente actúan, se encuentra que lejos de prevenir la violencia, el castigo es el más poderoso estímulo a la conducta violenta que hayamos podido descubrir. El castigo no previene la violencia, la provoca, además de ser una forma de ella”.

La validez de una propuesta teórica se prueba en su universalidad. La veracidad de las afirmaciones de Gilligan se verifica en la conducta testaruda de un niño pequeño como en el gravísimo problema de seguridad que hoy vivimos. Esto no supone que se deba ser complaciente con el violento, pero sí supone la obligación del Estado de rehabilitarlo e insertarlo. A eso se agrega el importante y esencial componente de la prevención perseverante. Responsabilidades constitucionales que han sido gravemente incumplidas por el Estado. Nunca es tarde y siempre se puede revertir la catástrofe construida. Se puede comenzar por abandonar las excusas y volverse serio y responsable con la vida humana.

*Colaborador de El Diario de Hoy.