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Eva Hinds, finalista en premio mundial de arquitectura

Se ha dicho del arte que es una de las formas más saludables de manejar, por ejemplo, los sentimientos conflictivos, ya que es la belleza que produce, una evocación directa al bien

En estos días, en que leer las noticias locales es informarse de sucesos verdaderamente tristes, es fuente de enorme alegría saber que siempre podemos estar orgullosos de ser salvadoreños. En esta ocasión, especialmente, en lo referente al talento local. Escribo sobre la nominación de Eva Hinds como finalista en el premio mundial de arquitectura, competencia que se llevará a cabo en Singapur, antes de finalizar el año. 

Es, sin duda, una aptitud especial el poder transformar en belleza primero papel o pantalla, y, posteriormente, madera o concreto. La belleza es trascendental, más, muchísimo más de lo que logramos captar en el diario vivir. Dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua que la belleza es la “propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas”. 

Es sumamente sencillo considerar el esplendor de las obras de arte, sobre todo de aquellas que han superado la prueba de los años. Por ejemplo, un cuadro de las Meninas de Velásquez, un concierto de Beethoven o una escultura de Miguel Ángel. Tan impresionantes son las esculturas renacentistas, que podrían editarse libros enteros  de fotos, no solo sobre las obras en sí, sino también, sobre la forma en que las personas que visitan los sitios históricos admiran estos testimonios que han perdurado en el tiempo.

La cultura enriquece la vida del hombre de forma inconmensurable. Solo basta pensar en lo aburrido que fuera la vida sin ella. El arte es una manera de comunicarse que demuestra que el hombre es tan grande en su dignidad que “le sobra” ingenio. Se dice en antropología que “desborda”, que tiene para dar y para darse. No es capaz solo de lo necesario, sino de más. 

La cultura ha sido posible porque el hombre no se ha conformado con la belleza que le ha ofrecido el mundo, sino que, además, la ha incrementado, aportando sus conocimientos, sus logros. Todo gracias a su gran capacidad de conocer, de aprender y de transmitir la técnica y así producir belleza. Los arquitectos, en este caso, Eva y su equipo, son el ejemplo viviente de esta afirmación. Su aporte nos ha enriquecido, no solo con la obra física en sí, sino con todo lo que este esfuerzo conlleva, hasta sentirnos orgullosos de ser salvadoreños.

Y es que el hombre es capaz de transformar la realidad física mediante el trabajo, usando no solo los sentidos sino también la razón. Tenemos la capacidad de modificar la naturaleza en cierta dimensión, no cambiarla en su totalidad, pero sí perfeccionar el mundo. Un ejemplo es sacar vida de donde no la hay, como construir jardines en zonas desérticas. Este fenómeno de añadir a lo existente en la naturaleza denota por sí solo, cómo el hombre es más que el universo entero, y cómo puede -por lo tanto- ser capaz de agregar realidad y con ella, belleza.

La naturaleza humana se caracteriza por estar abierta, es decir, por no estar determinada, o especializada en una única dirección, ni en sus funciones corporales. La propia profesión, el trabajo, van informando la razón, y agrega cada vez más a ese “plus”, o sobrante formal, que son las facultades o posibilidades no unidas a ningún órgano corporal: la inteligencia y la voluntad.

Se puede decir, entonces, que la naturaleza del ser humano dispone de una belleza peculiar, superior al resto de la naturaleza. Existe una belleza  que radica en la esencia humana. Cuando se capta, el resultado es lo que en filosofía se ha llamado suavidad, que es el resultado de comprender la armonía de los niveles de la razón y de la voluntad en su crecimiento armónico. Si falta la suavidad, aparece lo opuesto, o contrario a ella, que es la turbación.

Es por eso que una obra arquitectónica, que ha sido ejecutada con tal maestría, es capaz de despertar en quien la contempla sentimientos que informan de la belleza que emana, hasta lo más profundo del corazón.  Esa belleza íntima es una perfección de la persona, y, por lo tanto, un trascendental personal. Tiene el arte esta especial capacidad, de tocar las puertas más internas del propio yo, profundidades no siempre accesibles a todos.

Se ha dicho del arte que es una de las formas más saludables de manejar, por ejemplo, los sentimientos conflictivos, ya que es la belleza que produce, una evocación directa al bien, idea postulada inicialmente por Platón. Cuanto bien se puede prodigar de una labor bien hecha.
¡Gracias, Eva!
 

*Colaboradora de El Diario de Hoy.