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¿Etiquetas o realidad?

Recuerdo la frustración que tenía cuando era adolescente al hablar con mi abuelo. Le hacía una pregunta y rara vez me respondía de inmediato. Solía pensar y meditar cada cosa y sus respuestas casi nunca eran las que yo esperaba. Mi mente trabajaba encajando cada idea en categorías absolutas como bueno, malo, bonito o feo. Su mente trabajaba de manera flexible, reflexiva y tolerante. Él no se precipitaba en sus juicios, sino ponderaba, estudiaba, decidía con prudencia y sabía cuándo ceder. No miraba las cosas en términos de blanco o negro, sino sabía que, en la mayoría de casos, la respuesta existía en tonos grises. Por otra parte, yo sentía que era el centro del universo, no aceptaba críticas fácilmente, emitía constantemente opiniones no solicitadas, actuaba de manera impulsiva, me creía experto en todo y no medía bien los resultados de mis acciones. Él sabía controlar sus emociones, pensaba antes de actuar y sabía perfectamente bien que cada acción se mide en relación a sus consecuencias. Era ponderado en dar su opinión. Cuando yo le pedía un consejo, casi nunca me lo daba antes de haberme preguntado: "muchachito, ¿estás seguro que quieres que te dé mi opinión?".

Hoy, treinta años más tarde, veo lo mismo en la relación que tienen mis propios padres con mis hijos. Los niños sienten que se ahogan en un vaso de agua con sus pequeños problemas y sus abuelos los miran con ojos de ternura que dicen: "la vida es fluida, cambiante y todas las preocupaciones que tienen ahora serán olvidadas más adelante. Conforme maduren, verán que esto es cierto".

Uno de los procesos indispensables para alcanzar la plenitud como ser humano es lograr un alto grado de madurez mental y emocional. Las personas que no lo logran, continúan con pensamientos y conductas infantiles, categorizando o etiquetando cada cosa de forma rígida y continuamente sufriendo porque la manera en que funciona la vida no llena sus expectativas. Las etiquetas son atajos mentales, que nos llevan a formar juicios rápidos sin tener que evaluar, ponderar y reflexionar sobre cada situación como experiencia única. En otras palabras, una etiqueta nos permite decidir sin el esfuerzo de tener que pensar. Como ejemplo, un niño le pregunta a su padre: "papá, ¿por qué razón los pájaros vuelan al sur durante el invierno?" El padre le responde sencillamente, "por instinto hijo". El niño más confundido que nunca se queda con esa simple respuesta y jamás lo vuelve a pensar. Otros ejemplos de etiquetas son "que las cosas caras deben ser de buena calidad", "que si alguien es gordo es porque come mucho", o "que alguien bien vestido es importante".

Como personas, tenemos el derecho de decidir cómo queremos vivir nuestras vidas, qué huella queremos dejar, qué ejemplo queremos dar. Podemos actuar en base a etiquetas y prejuicios o reflexionar por nosotros mismos con mayor madurez, evaluando cada situación de acuerdo a nuestros propios criterios.

En El Salvador, estamos divididos por múltiples etiquetas, como buenos y malos, derecha e izquierda, que en lugar de ayudar, nos alejan el uno del otro. Hemos sido condicionados a adoptar prejuicios, muchas veces adrede y en la mayoría de ocasiones, sin fundamento. A veces, gente hasta muere en defensa de estas y otras divisiones arbitrarias, cuando iniciativas como, ayudar a los que más sufren, mejorar el crecimiento económico y disminuir la violencia, tienen mérito por sí mismas y no necesitan ni deben pertenecer a una clasificación de un grupo u otro.

Como un ejemplo del efecto de estas divisiones, me siento constantemente sorprendido cuando un partido político propone una buena iniciativa y el partido opositor, sin ninguna reflexión ni análisis, automáticamente toma el lado contrario. Esto ocurre muchas veces independientemente de los méritos de dicha propuesta y del efecto positivo que pueda tener en los ciudadanos del país. El mensaje expresado por estos políticos es evidente: la feroz competencia partidaria y la protección de estas divisiones arbitrarias tienen precedencia sobre el bienestar de la sociedad. La justificación es que el "otro" es el rival, que tiene por fuerza que estar equivocado, y que solamente haciendo lo contrario a éste nos garantiza un mejor futuro. ¿Sería demasiado idealista pensar que alcanzaríamos ese mejor futuro si en lugar de este tipo de "politiquería", hiciéramos hoy lo correcto y lo que funciona, y repitiéramos ese proceso todos los días?

Otro ejemplo es la constante amenaza a nuestra institucionalidad como resultado de los múltiples conflictos entre partidos políticos, Asamblea Legislativa y las diferentes Salas de la Corte Suprema de Justicia. Dichos problemas no sólo ponen en riesgo nuestra frágil democracia, sino también nuestra posición en el índice de competitividad mundial y nuestras calificaciones de riesgo. Estos casos son una clara señal de que nos falta despertar a la urgente necesidad de trabajar en lo que más le conviene a nuestra patria, a nuestra gente, dejando a un lado las pequeñeces que nos hacen tanto daño.

Los invito a que evaluemos cada situación, cada propuesta, y cada idea en base a dos simples criterios: qué es lo correcto y qué es lo que funciona. Estos criterios nos obligarían a enfocarnos en lo que realmente importa, poniendo a un lado etiquetas y divisiones arbitrarias. Nos permitirían pensar con mayor independencia y claridad, logrando una verdadera convicción sobre nuestros propios juicios. Para conseguirlo, necesitamos la madurez para controlar nuestras emociones y para liberarnos de ideas preconcebidas. Muchas veces encontraremos que, aplicando estos principios, nuestra manera de pensar y actuar diferirá de lo que tradicionalmente aceptábamos. Además, se hará más evidente que hay cosas que funcionan en teoría, pero que no se pueden aplicar a nuestra realidad.

*Empresario salvadoreño.

Twitter:@fernandopoma