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La eterna tentación

Aunque cada uno de ellos se podría ver como un caso aislado, en los últimos años ha habido tantos intentos, que bien se podría hablar de epidemia. Me refiero al empeño de perpetuarse en el poder, a cualquier costo, del que padecen algunos presidentes latinoamericanos.

No importa la ideología: izquierdistas como Rafael Correa y Evo Morales, populistas como Daniel Ortega y Hugo Chávez, derechistas como Alberto Fujimori y Álvaro Uribe, han intentado, con éxito o sin él atornillarse a la silla presidencial. También es cierto que hay excepciones, como la de Mujica, pero éstas solo terminan por confirmar la regla.

A diferencia del pasado, en el que los gobernantes echaban mano de las tropas, o hacían fraudes descarados, ahora ganan elecciones una y otra vez, y siempre con márgenes mínimos de ventaja por encima de sus competidores, tres ejemplos: Dilma 50 %-Neves 49 %, Maduro 50 %-Capriles 49 %... y Sánchez 50 %-Quijano 49 %. Pues, a fin de cuentas, en una sociedad donde el ganador se queda con todo ¿importa de veras el margen de votos a la hora de hacerse con el poder?

El sistema de alternancia y prohibición de la reelección funciona, pero también tiene sus defectos, pues a veces los presidentes salientes (sobre todo cuando su gestión ha sido francamente corrupta), conscientes de que no pueden volver a gustar oficialmente las mieles del poder, hacen turbias alianzas con los presidentes entrantes para proteger su retirada y su vida "fuera" de la política, si no es que empernan a la silla presidencial parientes o seguidores incondicionales.

Entre los mesiánicos destacan Chávez (y su heredero e interlocutor, pajaritos interpósitos, Maduro), Correa y Evo; padres de la patria que tienen la misión de velar durante toda su vida por el bienestar de sus hijos, que infantilizan a los electores considerándolos incapaces de votar de otra forma que no sea a ciegas y por el partido. Como buenos padres aman todo: su patria, sus ciudadanos, sus pobres. Si sus electores aceptan su amor son premiados, de lo contrario seguramente serán castigados. De hecho, se sienten en el ineludible deber de sancionar a quienes no piensan como ellos, sin importar que sean medios de comunicación o líderes de la oposición.

Otras veces no actúan a rostro descubierto, y se convierten en hombres poderosos dentro de los partidos políticos y/o del sistema. Se saben elegidos, y por lo mismo, con derecho a utilizar cualquier medio (moral o inmoral, constitucional o no, qué más da) para perpetuarse en el poder.

Lo único que de verdad los puede detener es la institucionalidad. Aborrecen de la separación de poderes y hacen hasta lo imposible por hacerse con el control de las instancias legislativas, judiciales, de contraloría pública, de derechos humanos, etc. Cualquier crítica o acción legal que les impida hacerse con más poder, hasta llegar al control total del Estado, es una conspiración de "la derecha", de la "oligarquía", del "imperialismo" o de cualquier monstruo anónimo al que la gente pueda temer y ellos echar las culpas.

Asesinan por la espalda la democracia, decapitan el cadáver, y luego intentan coser su propia cabeza en el cuello truncado del monigote, presentándose como sostenidos por el voto popular, cuando en realidad no respetan la voluntad de la gente, ni las instituciones, ni los partidos políticos, ni nada que se oponga a sus deseos de gobernar "para mayor gloria del pueblo".

Por eso, todo lo que estamos viendo en este periodo poselectoral, es mucho más importante de lo que parece. No solo porque marcará una tendencia o forma de hacer las cosas, sino porque da la impresión de ser parte de un guion ya desarrollado en otras latitudes.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare