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“No es esto, no es esto”

En política, la “esperanza” sólo la ofrecen aquellos que tienen muy poco que ofrecer en la solución de los problemas reales

La llegada de Salvador Sánchez Cerén al poder suponía la madurez del sistema surgido de los Acuerdos de Paz (1992). La “izquierda” asumió la Presidencia en nuestro país de forma democrática, consumando así la alternancia política. Esto trajo numerosas expectativas para un país que se debatía en graves problemas. Dieciocho meses después, el Presidente de la República nos ofrece como programa político fundamental el “abrazar la esperanza” y, con dolor de corazón, hay que decirle como José Ortega y Gasset: “No es esto, no es esto”.

Con esa frase, el mayor filósofo español del siglo XX se refería a su desencanto con la Segunda República, que prometía libertades, progreso y justicia para todos. Sin embargo, Ortega y Gasset, uno de los intelectuales que apoyó el establecimiento del nuevo régimen político, no pudo ocultar su decepción con la joven República ante el sectarismo, la violencia y el odio que ésta generó.

Que el mensaje de fin de año del Presidente de El Salvador sea “abrazar la esperanza”, pero sin considerar el dolor de las familias por las víctimas de la violencia, y sin mencionar la tragedia de los que emigran o de los jóvenes que no encuentran trabajo ni futuro en nuestro país, nos ha causado consternación, porque no refleja la solidaridad que esperamos de nuestros líderes hacia los problemas reales que enfrentamos día a día en nuestra querida patria.
 
En política, la “esperanza” sólo la ofrecen aquellos que tienen muy poco que ofrecer en la solución de los problemas reales. La obligación del Estado, y en este caso del Gobierno de El Salvador, tal y como está establecido en la Constitución de la República, no consiste en abrazar lo intangible y dibujar nuestros sueños en el ambiente empalagoso de la Navidad sin apenas esbozar objetivos y medios para conseguirlos, y mucho menos “sin pedir permiso”, como dice el “jingle” de la propaganda gubernamental.
 
El Gobierno y las instituciones tienen un cometido que cumplir. Es irresponsable pedirle a la población que haga un nuevo acto de fe y apoye a su gobierno aplicando una virtud teologal, una confianza ciega, a un partido. Los responsables, con el Presidente en primer lugar, tienen que hacer su función con compromiso, responsabilidad, justicia, honestidad, rendición de cuentas y, sobre todo, con eficacia.

El actual Presidente fue electo con un margen de diferencia de sólo el 0.22 % (alrededor de 6 mil votos de mayoría), y su partido perdió las elecciones legislativas del 2015 (31 diputados del FMLN versus 35 de ARENA). Si continúa por esa vía ideológica sin tener la masa crítica necesaria para llevarla a término, se acrecentará la distancia entre la ciudadanía y el partido de izquierda. Pese a esos signos, el primer congreso del FMLN le está apostando a una visión de país que no sólo nos aleja de las naciones más democráticas, sino también de aquellas con mayor éxito económico y social.

Este nuevo año debe ser de reflexión para el Gobierno, para que las políticas se adapten a las realidades del país y se tomen las acciones encaminadas a solucionar los problemas que más agobian a nuestros conciudadanos. Esto último exige que tanto el Gobierno y su partido, como el principal partido de la oposición, se sienten frente a frente y realicen un ejercicio real de autocrítica en aras de la modernización del país y del bienestar de sus ciudadanos.

Pero no es esto lo que vemos. Cuando una alta dirigente del FMLN dice que el 2015 ha sido un “año de batalla”, está reflejando lo que nuestros funcionarios piensan de su propia labor: como de un enfrentamiento entre enemigos, y no de una responsabilidad compartida para construir un mejor país.

Señor Presidente: “No es esto, no es esto”. No queremos que nos venda ilusiones, sino que dé soluciones.
 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@cavalosb