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Este artículo sólo es apto para quienes valoran su libertad

¿Qué es el mercado? El mercado no es una elite de empresarios. El mercado somos todos. Somos parte del mercado cuando ofrecemos bienes a otros, y también cuando cotizamos, compramos o rechazamos ofertas. Usted y yo somos mercado.

Ahora, ¿qué es el Estado? El Estado no es un ente abstracto, sabio y bueno. El Estado, en términos pragmáticos, son los políticos que administran sus instituciones. Sí, esos políticos. Ellos son el Estado.

De manera que cuando se plantea la disyuntiva entre libre mercado e intervencionismo estatal, lo que se debe decidir es a quién se le entrega el poder. ¿Lo retenemos los ciudadanos que compramos y vendemos o se lo entregamos a los políticos?

Si se defiende la participación ciudadana hay que darle el destino de la economía a los ciudadanos. Así se empodera al pueblo.

Hay que derribar las barreras que impiden que emprendedores nacionales o empresas internacionales puedan ofrecer más y distintas opciones a los consumidores. La libertad de decidir de los consumidores se potencia cuando se diversifican sus posibilidades de elegir, cuando hay más competencia. La apertura comercial beneficia a los consumidores y sus posibilidades de elegir. Y tal apertura se alcanza con el libre mercado, no con el intervencionismo estatal.

También hay que derribar los intentos de los políticos de determinar las estrategias de una empresa (e.g. regulación de precios o ganancias). Eso no es libertad económica.

La libertad es parte, sino la base, de la dignidad de la persona. La libertad es un derecho humano. La libertad económica es un derecho humano. Miente quien promulga la libertad del pueblo mientras le limita las opciones de venta y compra.

Libertad es que cada empresario decida qué vender, cómo hacerlo y a qué precio. Libertad es que cada consumidor decida si acepta esas ofertas, si las rechaza o si busca otras. Libertad es negociar, regatear, decidir.

Muchas veces nos venden el intervencionismo con el discurso de que los empresarios son explotadores y los consumidores unos imbéciles que no saben decidir. No somos malos, no somos tontos.

Cuando los políticos regulan precios o determinan los términos de una oferta, restringen la libertad de los empresarios. Cuando los políticos elevan aranceles o impiden la entrada de nuevos inversionistas, restringen las opciones de los consumidores. Limitan la libertad de elegir, la libertad de emprender.

El político intervencionista se asume más inteligente y justo que varios empresarios y consumidores negociando y regateando voluntariamente entre sí. No lo es. El pueblo es más inteligente. Cada uno sabe lo que necesita. Lo que se requiere es tener más opciones para ejercer mejor nuestra libertad. Para ello necesitamos un mercado mas abierto, no uno más restringido.

Todo esto no demerita el hecho de que el Estado puede intervenir en algunas ocasiones. Pero sólo en casos excepcionales. Cuando no hay opciones y es imposible desarrollar más competencia (e.g. un monopolio natural), se puede valorar la intervención estatal. Pero incluso en esos casos, antes de acudir al intervencionismo, hay que buscar soluciones en el libre mercado.

Hay que identificar si hay barreras a la competencia (aranceles, regulaciones, etc.) y, de encontrarlas, derribarlas. Eso lo debe hacer la Superintendencia de Competencia. También hay que salir al mundo a buscar inversionistas, seducirlos para que vengan y ejerzan presión competitiva en los mercados que tenemos concentrados. Eso lo debe hacer PROESA. Ambas instituciones son claves. Hay que potenciarlas.

No ponga su destino en manos de los políticos. Asúmalo usted. Usted es libre, es inteligente. Defienda su libertad económica. Exija competencia para tener más opciones, más oportunidades. El libre mercado no es su enemigo, es su aliado.