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Estados Unidos y sus presidentes muertos

Como no podía ser menos, ha desbordado tinteros alrededor del mundo la reciente conmemoración del medio siglo transcurrido desde el magnicidio más famoso de la historia contemporánea: el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en Dallas, aquel fatídico 22 de noviembre de 1963. La efeméride, que revuelve hoy los recuerdos de varias generaciones de norteamericanos, también toca las fibras emocionales de un planeta en el que las grandes figuras políticas están cada vez más lejos de ser icónicas.

La actual orfandad de ejemplos edificantes hace que los estadounidenses revisiten a sus héroes de antaño con una emoción no exenta de gazapos y exageraciones. Es frecuente, para el caso, que en artículos y documentales se afirme que John Kennedy ha sido el hombre más joven en ocupar la presidencia de su país. Eso no es verdad. Kennedy fue el candidato más joven en ser elegido popularmente para el cargo, porque tenía 43 años cuando ganó las elecciones de 1960, pero quien llegó a la Casa Blanca con un año menos que él fue Theodore Roosevelt, que en 1901 se vio obligado a asumir las riendas de la nación en circunstancias que comentaré más adelante.

Si consideramos los periodos de Grover Cleveland como uno solo --él es el único que estuvo en el puesto en dos ocasiones no consecutivas--, sólo cuarenta y tres hombres han llegado a ser presidentes de Estados Unidos. Ocho de ellos han muerto en ejercicio: cuatro fallecieron por causas naturales y los otros cuatro fueron víctimas de atentados. William Henry Harrison fue el primero en morir y el que menos tiempo sirvió como mandatario: apenas un mes. La gripe que pescó Harrison mientras daba su discurso inaugural, en 1841, se convirtió en neumonía y lo condujo a la tumba a los 68 años.

Los otros tres presidentes que no llegaron al término de su mandato por razones de enfermedad fueron, en su orden, Zachary Taylor, vencido por una repentina fiebre en 1850; Warren G. Harding, atacado por una supuesta apoplejía en 1923, y Franklin Delano Roosevelt (el único elegido en cuatro ocasiones), víctima de una hemorragia cerebral en 1945.

Abraham Lincoln fue el primer gobernante norteamericano en ser asesinado, en abril de 1865, alcanzado en la cabeza por un disparo del actor John W. Booth, simpatizante de la derrotada causa sureña tras la Guerra Civil. El segundo fue James A. Garfield, que en 1881 murió por la infección de las heridas que le había causado, también con arma de fuego, un desempleado mentalmente inestable. El tercero fue William McKinley, abatido por los disparos de un anarquista en septiembre de 1901, durante una exposición cultural en la ciudad de Buffalo, New York. Por eso es que su vicepresidente, el ya mencionado Teddy Roosevelt, accedería al poder tan joven, con 42 años. Tanto Garfield como McKinley murieron, en última instancia, por las precariedades facultativas de su época, ya que los médicos que los atendieron fueron incapaces de extraer las balas de sus cuerpos.

En la Internet circulan textos que pretenden documentar los paralelismos entre las vidas truncadas de Lincoln y Kennedy, pero abunda en ellos la mitología. Lo que sí corrobora la historia es que fueron elegidos presidentes con un siglo de diferencia --1860 y 1960--, que perdieron bebés durante sus respectivos mandatos, que a los dos los mataron un viernes en presencia de sus esposas y tras ser baleados en la cabeza, que sus sucesores eran sureños y se apellidaban Johnson (nacidos con cien años de distancia), y que Lincoln fue elegido al Congreso en 1846 mientras Kennedy lo fue en 1946. También es cierto que Booth disparó a Lincoln en un teatro y se refugió en un almacén, en tanto que Oswald le atinó a Kennedy desde un almacén y fue a esconderse a un teatro. Cualquier otra cosa que se diga en torno a ambos asesinatos es forzada o completamente falsa.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.