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Estado fuerte, pobreza débil

No podemos salir de la pobreza, sostiene Deaton, debilitando aún más a débiles gobiernos. No podemos seguir esperando que un aparato público plagado de corrupción y de ineficacia cambie de la noche a la mañana porque se le inyecta más dinero

La gente, en los países desarrollados, tiende a percibir a sus gobiernos de manera más positiva que en los países pobres. Y no le faltan razones. En esos lugares el sistema legal, la educación, salud, seguridad social, carreteras, inversión pública, pensiones, etc. funcionan. En cambio, en los países pobres, solo las personas ricas tienen acceso a todo lo anterior, porque se lo pagan con su propio dinero. 

Cuanto más pobre es un país, no solo lo que se recoge por medio de los impuestos es menos en relación a sociedades con alto PIB, sino además el escaso dinero de los impuestos, con frecuencia, se “pierde” con mayor facilidad. 

En los países pobres es difícil saber el paradero del dinero, pues aunque las cifras de recaudación suelen ser conocidas, la cantidad de recursos canalizados a bolsillos privados es no solo cada día mayor, sino también un secreto a voces. De manera que se da la paradoja de que cuanto más efectivo disponible tiene el gobierno –fruto de donaciones internacionales, préstamos e impuestos- los servicios públicos van de mal en peor, la inversión estatal disminuye y el ansia de recaudación fiscal aumenta. 

Lo más triste del caso es que son muchos los países con gobiernos débiles, Estados precarios y gran cantidad de gente viviendo en pobreza. Desde naciones africanas y asiáticas, que carecen de capacidad para recaudar impuestos o prestar servicios, a países latinoamericanos cuyos ministerios de hacienda parecen más barriles sin fondo, auténticos agujeros negros donde desaparece el dinero, que entidades administradoras del erario público.

Lo que debería ser una relación contractual entre gobierno y gobernados, no pocas veces se convierte en acoso y extorsión por parte del primero. Una situación que obliga a quienes quieren invertir y/o trabajar a dedicarse más a relaciones públicas, sobornos, cohonestación y mercado negro-contrabando, que a la simple, y siempre eficaz generadora de riqueza, actividad emprendedora. 

Pero el problema va más allá del enriquecimiento ilícito de los diputados y funcionarios; llega a causar muertes: “en los países en vías de desarrollo (escribe el economista Angus Deaton, flamante ganador del premio Nobel), los niños mueren por haber nacido en el lugar equivocado —no debido a enfermedades exóticas e incurables, sino a enfermedades comunes de la infancia que hemos aprendido a tratar hace casi un siglo—. Estos niños continuarán muriendo si no cuentan con un Estado capaz de brindar atención médica materno infantil rutinaria”.

Y caos social: “de igual forma, sin capacidad gubernamental, el control y la aplicación de la ley no funcionan adecuadamente, de modo que a las empresas les resulta difícil trabajar. Sin tribunales civiles que funcionen debidamente, no hay garantías para que los empresarios innovadores puedan exigir las recompensas de sus ideas”. De inseguridad ciudadana no comenta nada, pero de esa, desde aquí se le podrían dar lecciones. 

Un Estado ineficaz, sostiene este economista, es una de las principales causas de pobreza y marginación alrededor del mundo. 

Ojalá que más personas se enteraran de esta teoría, aparentemente tan simple: una de las principales causas de pobreza en los países deprimidos es sencillamente la incapacidad del Estado para hacer lo que le corresponde. 

No podemos salir de la pobreza, sostiene Deaton, debilitando aún más a débiles gobiernos. No podemos seguir esperando que un aparato público plagado de corrupción y de ineficacia cambie de la noche a la mañana sencillamente porque se le inyecta más dinero. 

No se trata, a fin de cuentas, de tener un Estado fuerte o débil, intervencionista o al margen de la economía. Se trata de contar con un Estado eficaz, en el que trabajen funcionarios honrados y eficientes, pues esa sí que es una excelente herramienta para combatir la exclusión, la inequidad y la pobreza. 


*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare