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Ese otro trabajo infantil

Ayer fue el día mundial contra el trabajo infantil. Pienso que nadie aprueba que niños y niñas quemen sus oportunidades de educación y sano crecimiento, obligados por las circunstancias económicas, sociológicas o culturales. Sin embargo, existe otro trabajo infantil que no solo es conveniente que sea realizado por los pequeños, sino incluso, necesario. 

Las condiciones de bienestar de las que gozan algunos, hacen que eviten que sus hijos realicen cualquier tipo de tareas domésticas. Por contraste, las condiciones de necesidad de otros muchos, hace que los niños y niñas trabajen colaborando en el hogar. 

Sin embargo, de acuerdo con una mentalidad muy extendida, en el caso de los primeros se podría pensar que ahorrar esfuerzos a los hijos es lo que corresponde como padres, y en el de los segundos, me atrevería a decir que lo ven más como una necesidad que como un modo de formar el carácter de sus hijos, y que --si estuviera en su mano--, evitarían que los niños colaboraran en la casa. 

Cuanto más acomodada sea una familia, es plausible suponer que los niños y adolescentes tendrán menos cosas que hacer en sus hogares. 

Que a esos hijos se les pida lavar un vehículo, bañar al perro, hacer su cama, lavar los platos, o barrer la casa, es a veces poco menos que impensable. Y no solo por parte de ellos, sino, principalmente, por parte de sus papás, pues "para eso trabajan", parecen decirse, para que sus hijos crezcan teniendo las comodidades y privilegios que "se merecen"…

Se les olvida que el tiempo invertido en tareas del hogar, es uno de los más rentables de cara a la formación de las personas. Proporcionan, en primer lugar, un sentido de competencia, responsabilidad y seguridad en ellos mismos. Posibilitan comprender que la familia es una comunidad de mutua ayuda, que nadie es el encargado de servir, sino que cada uno colabora para el bienestar de todos. 

Solo ayudando a los demás, y dejándose ayudar, una persona puede comprender la importancia de la solidaridad, primero en la familia, y luego en la sociedad. 

Si siempre, ante la disyuntiva entre hacer deberes escolares y ayudar en la casa, se escoge lo primero, el mensaje que se transmite es claro: tu preparación personal es más importante que ayudar al otro. Y si, además, ante la posibilidad de hacer las cosas por uno mismo o dejar que se las haga la mamá u otra persona, se escoge lo último, el mensaje es que uno está en este mundo para que le sirvan, con una suerte de actitud que al final del día desemboca en personas muy egoístas. 

En el fondo, los encargos domésticos forman unas cualidades de carácter que permiten luego ser personas felices: sentido del compromiso, del deber; la capacidad de realizar tareas cuya recompensa no es ni económica (por eso no está bien "pagar" a un niño porque ordene su cuarto o saque buenas notas), ni lúdica (pues sino se acostumbran a hacer solo lo que les divierte); la conciencia de solidaridad con los demás; la seguridad y la confianza en sí mismo o sí misma, etc. 

Pero quizá lo más importante de todo es que la realización de las tareas domésticas, con su reivindicación del servicio gratuito a los demás, y del sentido del deber, suponen una excelente escuela para aprender la generosidad, una virtud tan necesaria como escasa en nuestros días.

No todo trabajo infantil es dañino, podemos concluir. Lo contrario, no darse cuenta de la importancia y de la necesidad del trabajo en el hogar, y del servicio a los demás desde los primeros años, sí que puede arruinar más de una vida.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare