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Esas extrañas dictaduras cotidianas

Hay padres de familia que son verdaderos verdugos de sus hijos. (Recuerdo la biografía de Mario Vargas Llosa). Por cualquier cosa abusan verbalmente a sus esposas o golpean a sus hijos. Suelen ser cobardes en la calle pero muy machos en la intimidad del hogar. Son totalitarios, tíranos de lo peor.

Y es que para ser dictador no es necesario ser presidente de una nación. Con ser jefe en una oficina pública o privada, maestro o padre de familia basta. Sé de directores generales o jefes de departamento que gozan perversamente con el sufrimiento de sus subalternos. Los empleados sueñan con el viernes para escaparse de ellos. La máxima angustia aparece el domingo por la noche porque saben que tendrán que ver el siniestro rostro del dictadorzuelo.

También sé de mujeres "progresistas" que se gastan un discurso de liberación femenina y justicia social, pero que humillan a la empleada doméstica o le niegan el permiso a la secretaria de salir quince minutos antes para ir a la universidad. O de maestros sádicos que gozas asustando a los alumnos anunciando terribles exámenes llenos de logaritmos peludos y horrorosas hipotenusas. Los hay también, aprovechando su podercillo, los acosadores sexuales

El autoritarismo no es exclusivamente político. Es también un fenómeno cultural que aparece en todos los ámbitos de la cotidianidad, fundamentalmente en sociedades en crisis. Y la nuestra lo es desde casi siempre. En esas vivimos.

El autoritarismo no desaparece con sólo tener gobiernos civiles. Tampoco desaparecerá con más libertad de expresión, aunque es un gran avance. La democracia política es sólo uno de los componentes de la convivencia civilizada y pacífica. De nada sirve, pues, la conquista de la democracia y la "inclusión social" si andan sueltos por allí en las escuelas, en los centros de trabajo, en las casas, tiranuelos que oprimen a los pocos o muchos que caen bajo su mando.

La democracia es una manera de vivir la vida en sociedad. Es un concepto que no tiene límites: se ensancha cada día. Consiste en aceptar la diversidad. En entender que no hay verdades absolutas que imponerle a los demás. La democracia no es la cultura del consenso, sino más bien la del sagrado derecho a disentir.

Son múltiples las causas del autoritarismo cotidiano. En esos bravucones jefes de oficina, o maridos matones (pocas veces son las mujeres las que abusan en la casa) pienso se esconde un sentimiento de inferioridad que los lleva a escudarse tras el título, la corbata y la palabra hiriente. Con respecto a esos padres de familia con ínfulas de sátrapa, lo que existe es una horrible mezcla de incapacidad para la paternidad y para el amor.

Cuántas veces nos hemos sentido tentados a hacer uso de nuestros pequeños poderes para resolver de manera rápida una difícil situación. Gritarles a nuestros hijos para que hagan lo que queremos. Imponer a nuestros colaboradores puntos de vista y métodos caprichosos sólo porque se nos vino en gana.

Los más propensos al autoritarismo son aquellos que creen que sus ideas son dogmas que no necesitan ser confrontados con la realidad. Los ignorantes. Los que convierten cada organización, ministerio, partido político, iglesia o empresa en una secta. Los irresponsables que creen que humillando y despotricando demuestran eficiencia.

Los soberbios que creen que por haber leído un par de novelas clásicas o unos cuantos tratados de sociología están autorizados para dispararle a cualquiera su pedantería. Los que están convencidos que un título académico o los millones en la cuenta bancaria son licencias para irrespetar a los demás. El que nunca tuvo y llegó a tener, el que todo lo tiene desde que nació.

Es decir todos podemos caer en la tentación autoritaria. Cuando eso nos ocurra, cuando nos sintamos tentados a humillar, a despedazar, a gritar, a imponer, recordemos que por mucho dinero que se tenga, por más títulos académicos que cuelguen de las paredes, por encumbrado que sea el cargo que se ostenta, desnudos venimos al mundo y desnudos nos iremos. Somos criaturas de Dios como todos. Tratemos pues que nuestro paso por el mundo sea no sólo útil y feliz para nosotros sino también para los demás.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com