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Esa cruz

Imaginar a un Dios que muere por nosotros, pobres criaturas a las que Él mismo ha dado la existencia, ha sido (y sigue siendo) la invitación más audaz que se haya hecho a la humanidad en cualquier tiempo. Y tan audaz es la propuesta, tan "descabellada", que frente a ella no caben respuestas a medias: o se acepta, con todas sus consecuencias, o se rechaza. La indiferencia, en realidad, viene a ser una forma de rechazo práctico.

En sus respectivas epístolas a los cristianos de Corinto y Galacia, hace casi dos mil años, San Pablo reconoce que la imagen de la cruz es una "locura" y un "escándalo". A su pesar, admite las razones por las que tantos contemporáneos suyos sean incapaces de aceptar el planteamiento de un Dios crucificado. ¿Pues cómo es que el creador de cielo y tierra, océanos y montañas, animales y almas, ha querido ponerse en las manos sucias de los hombres para ser martirizado? ¡Inconcebible! ¡Absurdo!

Tan enorme, de hecho, viene a resultar esta "barbaridad", que a lo mejor solo a Dios podía ocurrírsele, algo que muchos autores posteriores tomaron como prueba de que el cristianismo, al menos como actitud frente al mal y lo inexplicable, tiene bases más firmes que cualquier otra doctrina o filosofía, porque hasta su propio fundador --que alegaba ser Dios-- cuelga inerte de un madero.

¿Qué postura tomar, pues, ante la "extravagancia" que da sentido a la idea de una divinidad encarnada y torturada por amor a nosotros? C. S. Lewis, por ejemplo, reflexionaba así: "Si Jesús no hubiera sido nada más que un hombre diciendo las cosas que dijo, no sería un gran maestro. Sería un lunático del mismo calibre que alguien que cree ser un huevo duro… Hay que escoger entre las dos opciones. O era y es el Hijo de Dios, o estaba completamente loco. Pero no podemos ir por ahí diciendo, con aires de superioridad, que era un gran maestro humano. Jesús nunca nos dio esa opción, ni tuvo la intención de hacerlo".

La observación de Lewis es exacta. Creer en Jesucristo no es lo mismo que creerle. Aceptar sus palabras como ciertas es reconocer su divinidad y lo que comporta su seguimiento. Nada puede ser igual si admitimos que Dios, teniendo otras opciones, quiso tomar sobre su carne el peso enorme de nuestros vicios, así como tiene efectos reales en nuestras vidas el mero hecho de que aceptemos o no la existencia de Dios.

En muy pocos días, el próximo 8 de abril, se cumplirán tres años del fallecimiento de un filósofo británico, contemporáneo de Lewis, que se pasó más de medio siglo defendiendo el ateísmo: Antony Flew. Aunque el deceso de este influyente escéptico pasó inadvertido en Latinoamérica, en Europa reavivó una encendida polémica que él mismo había desatado en 2004, cuando de manera sorpresiva, durante un simposio académico en Nueva York, anunció que sus ideas sobre Dios habían dado un vuelco inesperado.

En efecto, honesto como era, Flew se atrevió a confrontar su visión materialista con las evidencias que iba arrojando la ciencia, llegando a concluir que la concepción de una inteligencia superior detrás de la "complejidad integrada del universo físico" tenía asideros lógicos y aceptables. También fue factor desencadenante de su "conversión" intelectual la noción "de que la complejidad integrada de la vida misma --que es mucho más compleja que el universo físico-- solo puede ser explicada en términos de una fuente inteligente".

En sus postreros años --murió de 87--, sir Antony Flew arribó al teísmo practicando una máxima socrática que había aprendido de Lewis en su juventud: "Sigue el argumento hasta sus últimas consecuencias". Entendió que misterios como el mal o el dolor no se solucionan rechazando la fe, sino tratando de ahondar en ella, aunque pueda colocarnos, increíblemente, al pie de una cruz.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.