Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Esa "altura" de la que tanto se habla

Los candidatos que hasta este día han confirmado su aspiración a dirigir la Alcaldía de San Salvador también coinciden en dos planteamientos generales: que van a hacer una campaña "de altura" y que están dispuestos a debatir con sus contrincantes. A la belleza de estos enunciados, sin embargo, pronto hemos de exigir la compañía de una buena práctica, vigorosa y entusiasta, porque no es con declaraciones de intención que se construyen candidaturas creíbles, sino con hechos concretos.

¿Y qué es, en definitiva, una campaña "de altura"? Para empezar, la que ahorra bajezas a los electores, elevándoles a un intercambio de ideas y propuestas que privilegie el diálogo sereno, sincero e inteligente. El ruido del insulto, del ataque artero y visceral, ha sido siempre el mejor aliado de los políticos mediocres. En todo tiempo han necesitado ese "recurso" quienes ven a los votantes como seres amorfos y superficiales, en los que por alguna razón inconfesable terminan reflejando la propia estulticia.

Por el contrario, los candidatos que respetan las neuronas de los ciudadanos se atreven a la proposición razonada, al argumento. En honor a sus potenciales votantes, están lejos de considerar el agravio o la calumnia como herramientas de una estrategia de campaña. Saben exponer, sí, las debilidades de los adversarios, pero en ese ejercicio no confunden a la persona con sus ideas, ni a los electores con hinchas de fútbol. Debaten para contrastar ofertas políticas y desentrañar su viabilidad, no para viabilizar el pleito en detrimento de la reflexión.

"Altura" es palabra antónima de "bajeza" y lo es también de "degradación". En los albores del nuevo milenio, los líderes políticos que buscamos pertenecen a una casta muy diferente de la que hemos visto medrar y enquistarse en el último medio siglo. Nos apetece un cambio de personas que a la vez sea un cambio de discursos y de formas, incluso para referirse a los rivales. Estar en desacuerdo es algo muy distinto a odiar, y en virtud de esa significativa diferenciación, tan oportuna en nuestros días, los políticos deberían sentirse especialmente obligados a la moderación y a la ecuanimidad, a la cortesía y al sentido del humor.

El lenguaje degradante sólo degrada a quien lo usa; la caballerosidad y las buenas maneras, en cambio, nos enaltecen a todos. No se trata de "camuflar" con palabras bonitas lo que debe decirse con fuerza, sino de permitir que la fuerza misma del mensaje prevalezca, sin que la animadversión tome su lugar. La próxima campaña será particularmente ardua para los candidatos acostumbrados a la verborrea insustancial y a la hostilidad gratuita, y estará equivocado quien crea que por esas vías logrará apuntalar sus aspiraciones. Tampoco le irá mejor a quien haya entrado a la contienda para ocuparse exclusivamente de socavar las aspiraciones de otros, seguro de sus nulas opciones de triunfo. A ese le va a pasar factura la historia, además del electorado pensante.

En El Salvador todavía están por descubrirse los alcances de las redes sociales para la construcción de una credibilidad política sólida. Es evidente, no obstante, que este recurso tiene mayor penetración en los jóvenes y en las clases medias que en cualquier otro segmento poblacional. Esto convierte a las redes sociales en un instrumento indispensable para la conquista electoral de San Salvador, pero también las vuelve susceptibles de manipulación interesada. De hecho, si el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, estuviera vivo, las principales cargas de dinamita de sus guerras sucias las tendría colocadas en las redes sociales, mientras que por lo bajo le estaría recomendando a Hitler proclamar la necesidad de una campaña "de altura".

Finalmente, hemos de preguntarnos a qué calidad de debate nos conducirán las buenas intenciones expresadas hasta hoy por los candidatos. En fondo y forma, nos conviene la superación de lo ya visto: ¡Es indiscutible! Pero será difícil obtener esa calidad si no la exigimos.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.