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"Tú eres Pedro..."

En el Evangelio hay frases que ningún hombre puede pronunciar, pues sólo tienen validez si salen de la boca de Dios, como algunas expresadas por Cristo en sus tres años de vida pública. "Todo poder se me ha dado, en el cielo y en la tierra: id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", al enviar a los apóstoles a evangelizar el mundo. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán", sobre sucesos que ocurrirán al final de los tiempos. "En verdad te digo: Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso", al ladrón, condenado, como Él al suplicio de la Cruz.

Pero en este momento histórico que vive la Iglesia de Cristo, todos los católicos escuchamos, con resonancia de eternidad, con fe y esperanza, la promesa solemne del Señor, al confirmar a Pedro, como cabeza de su Iglesia, otorgando a él y a sus sucesores, el poder supremo de perdonar los pecados, y la certeza del apoyo divino, para dirigir esa barca, en las tormentas que enfrentaría: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno, no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos, lo que atares en la tierra, será atado en el cielo, y lo que desatares, será desatado".

El 28 de febrero, cuando el histórico reloj del Vaticano marcaba las 5 de la tarde, pudimos ver en televisión la figura blanca de Benedicto XVI, Vicario de Cristo en la tierra y 265 sucesor de Pedro, desgastado tras ocho años de intenso pontificado, subir al helicóptero que lo transportaría hasta Castelgandolfo, donde tres horas después, se haría efectiva su renuncia.

Parece difícil para el hombre del Siglo XXI, entender los caminos de Dios, por lo que este hecho ha dado lugar a cantidad de especulaciones. Si el Papa ha sido víctima de una conspiración, para beneficio de ciertos grupos. Comparaciones con Juan Pablo II, quien manifestó que renunciaría, cuando Cristo bajara de la Cruz. Y consideraciones sobre las posibilidades de algunos candidatos. Y aunque muchas de estas reflexiones parezcan interesantes y lógicas, resultan esencialmente inútiles, ya que al Vicario de Cristo, lo elige el Espíritu Santo, que sopla donde quiere, y no aplican a quien, después de dos mil años, es el sucesor del Pescador de Galilea. No valen las comparaciones, pues si el Señor pidió al Beato Juan Pablo II la fortaleza para llevar esa pesada cruz de la enfermedad, a Benedicto XVI le pidió la humildad y la valentía para dejar el papado, para bien de la Iglesia, cuya dirección le había sido confiada.

Más incomprensible aún es su decisión de dejar de ser una figura de primer orden en el mundo, escuchado con respeto por líderes poderosos e influyentes, para desaparecer apoyando y sirviendo a la Iglesia desde lo oculto, dedicado únicamente a la oración, fuerza poderosa, recomendada tantas veces por Cristo: "Orar constantemente, y no desfallecer", con la esperanzadora promesa de que "Todo lo que pidan en mi nombre, les será concedido".

El eco de todas las campanas de Roma, repicando para despedir al Santo Padre en esta nueva etapa de su vida, deben ser un recordatorio para acompañarle con nuestra plegaria y pedir al Espíritu Santo ilumine a los electores en el próximo cónclave, y asista al nuevo Papa que llevará el timón de la Barca de Pedro, secundado con la promesa del Señor: "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo".

* Columnista de El Diario de Hoy.