Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Érase un pícaro a una nariz pegado

Empezaremos por decir que "no todos en Alcañices, a la nariz llaman narices". Con frecuencia se emplea en España esta popular frase para corregir a quienes afirman que puede haber una persona que "no ve más allá de sus narices", indicando con ello, entre otras cosas, que es individuo que carece de ideas innovadoras o visiones positivas a futuro. Los que así se expresan acusan ignorancia crasa de la anatomía humana o bien no ven más allá de su propia nariz.

El dicho es correcto pues nuestro Buen Padre, a partir de la pareja primigenia en el Paraíso, dio una sola nariz a cada una de sus criaturas. Aunque, por otro lado, dotó a la humanidad de la más variada colección de formas y tamaños de narices: chatas, largas, picudas, de asiento de bicicleta, romas, y de ahí al infinito. Así lo confirmamos a lo largo de la historia en que destacan nobles narizones como Publio Ovidio Nasón, poeta latino que debe el apellido a su larga probosis y, más próxima en el tiempo, a la actriz Barbra Streissand, cuya nariz casi corre paralela al tamaño de su talento; en ficción tenemos a Cyrano de Bergerac, el famoso personaje de la obra teatral del mismo nombre, en la que su enorme nariz es parte determinante de la trama.

Tanta importancia se le dio antaño a la nariz que, en el Siglo de Oro Español, don Francisco de Quevedo y Villegas la inmortaliza en uno de sus más celebrados sonetos burlescos: "Érase un hombre a una nariz pegado, /érase una nariz superlativa.../ érase un peje espada mal barbado.../ un reloj de sol mal encarado...", el cual nos ha dado pie para nuestro título de hoy.

Y no olvidemos a Pinocho, el títere italiano que cobra vida y apadrina la leyenda atribuida a la nariz de los mentirosos, nariz que crece y crece imparable a medida que sus dueños, como Pinocho, mienten.

Pero en honor de verdad hay que decir que las narices, si bien torcidas, chatas, unas y maltrechas, otras, son inocentes de la conducta o actuaciones de sus dueños . Así, por ejemplo, la Streissand, pese a múltiples sugerencias de sus admiradores, no se la ha querido enderezar porque se siente orgullosa y comparte con ella su merecida fama.

Pero en esto de las narices hay un lado oscuro cuando sus portadores no son honestos sino pícaros. Se trata de la bien conocida nariz, otrora de pronunciada curva, nariz jorobada, nariz que parecía retorcerse frustrada porque su dueño no fue nominado candidato a la presidencia de los narices rojas; fue nariz que, sin duda, avergonzó a su dueño, en algún momento, quien al mirarse en el espejo se sintió hombre feo de repente.

En este tipo de género cabe especular que si fuese cierto que la nariz se alarga cuando su amo miente, una nariz jorobada puede crecer contra su mismo propietario. Imaginen una nariz cuya punta apunta al pecho de su dueño: ¿Acaso no supone esto un riesgo para el mentiroso que calza esa guadaña, esa hoz, esa cuma?

Dueños de tal guisa de narices, buscan curarse en salud y se someten a la cirugía cosmética no sólo para librarse de tal riesgo, sino además para verse menos feos. ¡Pobres! No se dan cuenta de que su fealdad no cabalga sobre la joroba de su nariz, sino que destaca por lo que sus manos, sus palabras y sus actos revelan.

Si bien enderezó su nariz el narigudo --el que insulta con saña yijadista a los periodistas, a las instituciones, el que desprecia a los maestros, a los excombatientes y que dirige sus cuestionables negocios desde el cargo que sus votantes le confiaron y que los contribuyentes financiamos--, su fealdad persiste, pues aunque la nariz esté hoy derecha, el mismo picarazo sigue pegado a ella.

*Periodista.

rolmonte@yahoo.com