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“Era gordita y sonrosada, como una fruta”

Si se deja uno arrastrar por la imaginación, podría causar asombro el testimonio de Rubén acerca de las veces en las que estuvo abrasado por la llamas de la pasión

De su primera visita a San Salvador, a los catorce años, Rubén recuerda haberse enamorado de una salvadoreña llamada Refugio a quien dedica estos sencillos versos: “Las que se llaman Fidelias / deben tener mucha fe; / tú, que te llamas Refugio, / Refugio, refúgiame…”/ Rubén la describe como, “una chica de catorce años, (su misma edad) tímida y sonriente, era gordita y sonrosada, como una fruta”. Y, en efecto, eso parecen haber sido para él, durante su vida las mujeres: frutas verdes, sazonas o maduras, que cortaba con ambas manos de todo árbol que se alzara en su camino, a las que en su mayoría, pronto desechaba a medio comer.

En San Salvador transcurre su vida en medio de francachelas y amoríos pasajeros, no exentos de privaciones. Por esos días se cierne sobre la ciudad una pavorosa peste de viruela. Rubén contrae la temida enfermedad y es llevado en estado febril a un hospital de donde lo expulsan por no haber allí condiciones para albergarlo. Uno de sus amigos, a quien recuerda como Alejandro Salinas, le traslada a “una población cercana, de clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla”. Allí cuidaron de él con particular esmero y afecto, sin temor al contagio, unas señoritas de apellido Cáceres Buitrago. Tal fue la solicitud y delicadeza con que se vio atendido que el poeta sobrevivió al terrible trance sin que hubiesen quedado en él las crueles huellas que suele dejar la viruela.

Con la salvedad de que su autobiografía no es tan fiel en las fechas pues, según él, fue escrita directamente de sus recuerdos, Darío no narra cómo ni cuándo salió de El Salvador, sino que le encontramos de pronto en Nicaragua, donde sobrevive a un terremoto y poco después, por consejo y patrocinio de amigos, entre ellos el poeta y militar salvadoreño, Juan José Cañas, se embarca hacia Chile, país en el que ha de vivir por un período, mientras su prestigio en medios intelectuales se agigantaba en proporción inversa a su capital.

Siempre a brincos en el tiempo y en el espacio le hallamos de nuevo en San Salvador, en noviembre de 1889, donde el general Francisco Menéndez, un unionista de corazón, le acoge bajo su ala y le confía la dirección del diario titulado, La Unión, que promovía desde hacía mucho la ansiada unidad de los países del Istmo.

Registra el poeta en sus memorias la precocidad de su vocación amorosa. Confiesa que en su infancia, “nunca había sentido una erótica llama como la que despertó en mis sentidos e imaginación de niño, una apenas púber saltimbanquí norteamericana”, artista de un circo que visitaba la ciudad. Si se deja uno arrastrar por la imaginación, podría causar asombro el testimonio de Rubén acerca de las veces en las que estuvo abrasado por la llamas de la pasión y que, pese a ello, no hubiese amanecido un día convertido en un montón de ceniza. Envuelto por una nueva llamarada, esta vez por Rafaela Contreras, hija de un intelectual hondureño, y a instancias del general Menéndez contrae matrimonio civil el 21 de junio de junio de 1890. Su matrimonio eclesiástico, fue frustrado por el alzamiento en armas del Gral. Carlos Ezeta, protegido del Gral. Menéndez quien lo quería como a un hijo. La traición le provocó tal pesar y congoja que, según Darío, la precaria condición cardíaca del presidente fue causa de su fulminante muerte cuando le dieron la noticia.

Darío y su esposa huyeron a Guatemala, pues el poeta, solidario con el Gral. Menéndez, quien había sido su benefactor, se negó a plegarse al grupo de traidores con quienes cayó en desgracia. 

Darío se casa por la Iglesia con Rafaela, en Guatemala y de ahí, investido de gran renombre como literato, es nombrado en puestos diplomáticos y consulares en varios países de Europa y América. En uno de sus viajes, encontrándose en Managua, se entera de que Rafaela, su esposa, ha muerto en San Salvador.

Semanas después, el impenitente amante, otra vez en Nicaragua, se enfrasca en cálidos devaneos con Rosario Murillo, el amor recurrente desde sus años adolescentes, sin sospechar que sería la víctima de una conjura familiar en la que, a punta pistola, le obligarán a casarse con esta mujer a la que él llama la “Garza Morena”, en su libro “Azul”, al que se atribuye el arranque de la corriente Modernista en el arte poético.

*Periodista.
rolmonte@yahoo.com