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Un episodio sangriento

Reina Cantalicia Varela Benítez, 17 años, piel blanca, ojos verdes, pechos redondos y generosos, nalgoncita y de mediana estatura, era el centro de atención en el regio baile que se llevaba a cabo en los salones de la Alcaldía de Zacatecoluca. Comenzaba la Década de los Sesenta.

Era la menor de los hijos de Reinaldo Varela y Petronila Benítez de Varela. La noche del baile los tres hermanos de Cantalicia se enredaron con tragos de guaro macho y con las prostitutas que llegaban al pueblo para las fiestas patronales. Ella, la niña de los ojos, fue sacada a bailar por Raúl Mazariego, mozo de hacienda, alto, moreno y fuerte; gran campisto, buena puntería y de mucho cuidado con el machete en la mano.

Raúl y Cantalicia bailaron más pegado que suelto. Piel contra piel, roces y goces que aceleraban la respiración. Ni una palabra. Hablaban con los ojos. Llama que se hace fuego, fuego que prende el deseo como caballo desbocado. Se amaron de manera espontánea bailando. Quedaron de verse, de verse siempre. Le dolió el adiós temporal de esa noche.

Ella, que estudiaba quinto año de bachillerato en el pueblo, se escapaba de la última hora de clases para irse donde la costurera Victoria Espinales, cómplice del amorío y la tragedia que se venía. Allí, disimulado llegaba él. Un viejo camastrón de cordel y petate apenas resistía los embates y combates de aquella pasión.

Nadie sabía el secreto de los amantes hasta que un día, Aurelio, el menor de los hermanos, quien algo sospechaba, siguió a Cantalicia de manera subrepticia. La vio entrar a la casa de la costurera. Vio entrar a Raúl también. Se metió, entonces, al patio de la casa. Se pegó, escondido tras una parra de bambú, a la pared del último cuarto. Desde allí oyó las palabras entrecortadas, los suspiros y los jadeos de los amantes. Sintió la sangre quemándole la cara.

Cuando Cantalicia llegó a su casa, en las faldas del Chinchontepec, encontró a don Reinaldo hecho una furia. "No voy a permitir que un indio ignorante se meta con vos, sos una indigna", le dijo. La mandaron para San Salvador donde una tía, a quien le encomendaron la misión de no dejarla salir a ningún lado. Las comadres rumoraban en el pueblo que Cantalicia, con el alma hecha pedazos, se quiso matar en más de una ocasión.

Don Reinaldo y sus hijos juraron lavar con sangre la honra manchada. Le pusieron a Raúl emboscadas cerca de la finca donde trabajaba. Lo esperaron, hasta bien noche, a la salida del ranchito donde vivía con su mamá. No lo encontraban porque Raúl andaba bebiendo guaro desde que Cantalicia se fue. El vicio le había salvado la vida, por un rato nada más.

Unos amigos recogieron a Raúl de las cantinas de mala muerte y se lo llevaron para una finca de Usulután. Allí para curarse de la zumba y de las penas de amor, se puso a trabajar con obsesión de sol a sol. Parecía que dejaba jirones de corazón en cada jornada. Se volvió callado y melancólico. Pero un mal día los Varela lo encontraron. Y el paisaje se llenó de sangre en aquellas tierras.

Los hermanos, a caballo, con rostros tensos y determinados bajo los sombreros, se metieron a galope al potrero donde Raúl araba. Comenzaron a dispararle. Raúl se cubrió tras un buey abatido por los tiros. Las balas que penetraban en el animal hacían saltar la sangre por todos lados. Raúl, que también andaba armado respondía. El tiroteo se hizo intenso.

Por fin un proyectil alcanzó a Raúl en el pecho cerca del corazón. La camisa blanca se tiñó rápido de rojo. Cuando los de a caballo se acercaron para rematarlo, Raúl en un último suspiro disparó y la bala pegó certera entre los ojos del menor de los hermanos. Con la palidez de la muerte en el rostro, Raúl esbozó la mitad de una sonrisa y murió boca arriba con los ojos abiertos, que miraban el cielo azul sin verlo.

* Columnista de El Diario de Hoy.