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Epílogo

Hace diez años que no te veo y debía honrar tu sacrificio y ejemplo. Necesitamos más personas como tú, Humberto Guillermo Cuestas. Te admiro. Te extraño. Te agradezco. Gracias, abuelito Beto

Hace diez años que no te veo. Y hay tanto que quisiera contarte... No de mí, como sucedía cuando te llevaba cualquier logro del colegio –por mínimo que fuera– para ganarme tu alegría. No, quisiera contarte de lo que nunca me contaste en tu inmensa humildad y que he aprendido en esta década de ausencia tuya. Hace diez años que no te veo y este día honro tu paso por la vida.

Ahora entiendo quién fuiste. Como joven fuiste ese estudiante que arriesgó su vida por la libertad y la democracia; fuiste ese hombre que a sus veintitantos tomó el fusil contra la dictadura del Martinato y tuvo que huir hacia Guatemala contra las balas de la aviación; fuiste ese idealista que comprendió que en la lucha armada los líderes mostraban las caras mientras los seguidores ofrendaban sus cuerpos; fuiste ese humano cuya primera experiencia al borde de la muerte lo transformó de revolucionario a reformista… Y por ello te convertiste en el abogado dedicado a la enseñanza y al servicio público.

Como maestro transformaste numerosas generaciones de jóvenes, tanto en la escuela como en la universidad. Lo vi cuando continuabas tus labores como decano y docente a través de un respirador –días antes de fallecer– y lo escuché de varios de tus exalumnos –algunos, profesores míos– que me contaron alguna anécdota tuya. Como servidor público dejaste dos legados históricos que comprendí a plenitud hasta que estudié derecho y ciencia política. El primero se escribió de tu pluma en la ley electoral de 1963 que originó, por primera vez, la pluralidad de partidos en la Asamblea Legislativa con el sistema proporcional vigente. El segundo se escribió de tu pluma en la ley de 1978 que originó, también por primera vez, un derecho administrativo que permitiera demandar al Estado por sus abusos en la administración pública. Y lo hiciste bajo regímenes militares.

Fuiste visionario y corajudo, precisamente, porque buena parte de tu servicio lo hiciste bajo regímenes militares. Visionario porque ambos legados sobrevivieron varias décadas y siguen presentes en la actualidad; corajudo porque ni siquiera en uno de los momentos más críticos de la historia nacional, cuando tu vida volvió a correr peligro por razones políticas, lograron torcer tu ética. Me refiero a 1972 cuando un grupo de militares capturaron al presidente e intentaron hacer lo mismo contigo. Huiste de tu casa y cuando tomaste el mando de la situación te tendieron una trampa: ofrecerte la silla presidencial y pedir tu autorización para bombardear el cuartel golpista, donde se encontraba capturado el presidente, para luego culparte y derrocarte. Sin embargo, a esa matonería te enfrentaste con algo más fuerte, tus principios. Como pocos, rechazaste la tentación irracional del poder y tu inquebrantable lealtad hizo que el golpe fracasara. También fuiste valiente cuando te negaste a expulsar a los jesuitas del país; o cuando dictaste sentencias, que hoy son la base del derecho administrativo salvadoreño, contra las arbitrariedades de la administración a inicios de los noventas.

Fuiste mi abuelito. El único que conocí; el mejor que tuve. El que me brindaba sonrisas y frutas en cualquier momento del día. El que me enseñó a recitar líricas folclóricas como “¡Qué bárbaro zapatero!” sin incluir las malas palabras. El que me pedía ayuda para llenar sus declaraciones de renta que luego eran devueltas por presentarlas con demasiada antelación. El que me regaló su Constitución, cuando tenía apenas nueve años, para transmitirme desde niño los valores de justicia y de bien común. El que me motivaba, con un lenguaje muy sencillo, a aprender de mis padres, perseguir mis sueños y buscar la bondad. El que, como diría David Escobar Galindo frente al ataúd en un triste abril de 2005, reunía las cualidades “que corresponden a una de esas figuras dibujadas en el pensamiento clásico, caracterizadas por la grandes virtudes morales, espirituales y ciudadanas”. El hombre más humilde que he conocido.

Hace diez años que no te veo y debía honrar tu sacrificio y ejemplo. Necesitamos más personas como tú, Humberto Guillermo Cuestas. Te admiro. Te extraño. Te agradezco. Gracias, abuelito Beto.

*Colaborador de El Diario de Hoy.
@guillermo_mc_