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Entre la espada y la palabra

El Salvador está de fiesta. Hoy, fecha más importante de lo que a simple vista podría parecer, Oscar Arnulfo Romero será incluido en la lista de los beatos de la Iglesia Católica.

Si uno se dejara llevar por corrientes de pensamiento sesgadas, o por la simple ignorancia de los hechos, con facilidad --y simpleza-- podría concluir que monseñor fue asesinado porque su palabra representaba una seria amenaza para los privilegios de clase de sus asesinos. Sin embargo, si esa hubiera sido la única razón de su muerte, la Santa Sede no habría reconocido como mártir al --desde hoy-- beato. Todo sería bien diferente si las causas de su asesinato hubieran sido simples condiciones de conveniencias políticas, sociológicas o económicas, y no el amor a Dios que lo impulsó a no escatimar en servicio de todos el don más grande que los hombres tenemos: la propia vida.

Monseñor fue asesinado por su amor a la justicia y su amor por los más necesitados, un amor que le impedía callar y le obligaba a hacer. Por su fe creída y por su fe vivida. Entonces, cae por su peso, que fue su fe cristiana la que promovió ese amor a la justicia y amor por los más débiles que encarnaba, y que quienes tomaron las armas para matar al Pastor no lo odiaban por ser quien era, un clérigo, un obispo, sino por lo que su vida y sus palabras representaban: la entrega al prójimo hasta el extremo, imitación de Aquél que dio su vida todos los hombres.

Paulatinamente ha ido quedando clara una idea que se barajó desde el principio por personas expertas, y que en los últimos días ha ocupado muchos espacios en los medios de opinión: Romero no fue asesinado por promover la teología de la liberación, ni por estar a favor de los grupos revolucionarios (que no lo estaba), como tampoco por ser un "buen tonto útil" (que de tonto no tenía un pelo).

Monseñor Romero fue asesinado por predicar y seguir a Cristo, defender a los más pequeños, ser la voz de los que no tienen voz, con fidelidad al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia. Fue martirizado por dar supremo testimonio del Dios de la vida, del Dios que veía en los ojos de los pobres, y si en algo se le puede emular, que es uno de los principales motivos por el que la Iglesia decide incluir a alguien en la lista de los beatos, es para animar a los cristianos, y a los hombres y mujeres de buena voluntad, a conocer su vida, imitarla y acudir a su intercesión.

Afirmar el martirio no es, en rigor, ni exculpar ni condenar a los asesinos, sino principalmente exaltar y hacer más visible, al mismo tiempo, la riqueza del Evangelio y la grandeza de los límites a los que el amor al prójimo pueden hacer llegar a hombres que, como Monseñor, tienen el Amor de Dios como eje de su vida.

Es inevitable que todos veamos las cosas con la óptica de nuestros intereses; precisamente en eso toma pie el dicho que reza que "lo que dice Pedro de Juan, dice más de Pedro que de Juan", y entonces no es de extrañar que quienes acostumbran a opinar desde los extremos intenten llevar a su terreno —extremista—, la muerte y beatificación de Pastor. Pero también es verdad que podemos apuntarnos al bando de los sensatos, los que ven en todo esto una real ocasión de unidad, de reconocer el valor de los méritos de Óscar Arnulfo Romero por encima de los defectos de sus asesinos, y procurar —al menos— conocer un poco más de la vida, de los dichos y hechos, de ese salvadoreño universal.

* Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare