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Entender la diferencia

El 24 de marzo de 2015 será recordado como un día trágico para la aviación comercial, y es muy probable que promueva un nuevo enfoque en los protocolos de seguridad de las aerolíneas. Porque no se trató de desperfectos mecánicos, condiciones atmosféricas adversas ni errores humanos, las causas reconocidas de los desastres aéreos. Fue una acción deliberada y planificada de un copiloto que tomó la decisión de estrellar el avión para quitarse la vida y, al mismo tiempo, quitársela a 150 inocentes que iban a bordo. Las conclusiones a que se llegue y las acciones que se tomen serán muy importantes para restablecer la confianza y la seguridad de los viajeros, puesto que desde la tragedia son cada vez más quienes no solo se preocupan de los aspectos puramente técnicos como el mantenimiento de las aeronaves sino también de las personas en cuyas manos ponen sus vidas.

Mucho se ha hablado -- y seguramente se seguirá hablando-- de los antecedentes depresivos de Andreas Lubitz. Se conoce que estuvo en tratamiento por depresiones severas, que tomó medicamentos, que tenía tendencias suicidas y que en 2009 interrumpió su entrenamiento por esta condición. También se sabe que en los días previos al siniestro se le había dado una incapacidad médica, la que no solo no reportó sino que rompió.

Sin duda que estos datos permiten establecer que el copiloto era emocionalmente inestable pero sería un grave error caer en conclusiones simplistas y, sin mayor análisis, creer que la depresión lo llevó a cometer este acto tan despiadado. Este tipo de conclusión, además de ser errónea, es injusta y podría dar lugar a prejuicios y a la estigmatización de las personas que sufren de depresión, haciéndolas ver como potencialmente peligrosas. La depresión, hay que decirlo claramente, no vuelve peligrosas a las personas. Por el contrario, en la inmensa mayoría de casos, las vuelve menos violentas pues entre la fenomenología de esta enfermedad se encuentra una disminución del instinto agresivo. Si existe agresividad en la persona depresiva, ésta se vuelve contra ella misma (como en el caso extremo del suicidio) y no contra los demás. El estigma social que implicaría relacionar la depresión con violencia injustificada solo aumentaría la ya pesada carga de los enfermos.

No, el caso de Andreas Lubitz no es el de una simple depresión con ideas suicidas; es más profundo, complejo y siniestro. El doctor Francisco Toledo, prestigioso psiquiatra español, incluso duda que la depresión fuera un factor esencial en lo sucedido. Además de exponer, de una forma más categórica, lo que se apuntó antes con respecto al suicidio, indica que lo que hay detrás del autor es una personalidad narcisista de tipo maligno, que su fin fue el de hacerse célebre (como muchos terroristas) actuando sobre frustraciones no superadas. De acuerdo al doctor Toledo en lo sucedido subyace la maldad. Se trata, no de enfermos mentales comunes, sino de personas patológicamente malvadas.

Si las aerolíneas se decantan por la solución fácil, echándole la culpa a la depresión, y simplemente implementan exámenes para detectarla en el personal de vuelo, tomarán el camino equivocado. Es necesario distinguir entre enfermedad mental y maldad. Y la maldad puede existir tanto en los enfermos mentales como en los que no lo son. Aunque la maldad psicopática puede verse como un tipo de enfermedad mental la distinción es importante. Pero, ¿se puede detectar la maldad psicopática y prevenir tragedias futuras? Sí, es posible, aunque no fácil.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.