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Enfermos de desesperanza

Vivimos en el país que tiene la tasa de homicidios de jóvenes más alta del mundo. La cifra ronda los noventa asesinatos anuales por cada cien mil habitantes. En ese doloroso ranking nos siguen Colombia, Venezuela y Guatemala, según los datos del último Informe de Desarrollo Humano publicado por Naciones Unidas.

Durante el año recién pasado esa tasa habrá bajado considerablemente debido al pacto que hicieron los pandilleros entre sí; pero todos tememos que si se rompe volveremos a cifras de asesinatos incluso más altas, pues lo que a fin de cuentas provocó ese importante cambio no fue de origen estructural sino coyuntural. Y así como se hizo, se puede deshacer…

Estoy seguro de que no nos hace falta que venga la ONU a explicarnos esa dura, durísima realidad: el lugar más peligroso del mundo para vivir, son las calles de nuestras ciudades. Ni se necesita ser muy perspicaz para darse cuenta de que cuando se vive bajo una permanente amenaza, las personas tienen necesariamente que adaptarse para sobrevivir. Una forma es emigrar. Otra, asimilarse al sistema.

Uno de estos días, captó mi atención un periodista que entrevistaba a uno de los candidatos presidenciales. Platicaban acerca de las medidas que, de llegar al poder, pondría en práctica para erradicar el problema de las pandillas, y le hacía ver que en muchos barrios y colonias los pandilleros gozan de tal reputación, que los niños y jóvenes quieren ser pandilleros, volviendo realidad el dicho aquél de que "si no los puedes vencer, únete a ellos".

Al conocer esto, se confirmó una de mis sospechas: el fenómeno de las pandillas, los pandilleros y la violencia, no es sólo generacional: se ha vuelto cultural. Ha calado hondo y eso es grave. Ya vimos, tristemente, que el combate frontal no soluciona el problema, lo empeora. Y ahora da la impresión de que tampoco van a ser suficientes las acciones preventivas (educación, deporte, capacitaciones, etc.), y las otras medidas que los candidatos están proponiendo como terapia para curar la enfermedad.

Una de las causas más importantes por las que los jóvenes son absorbidos por las pandillas es la pura y simple desesperanza. Sin futuro no hay vida. Pasa en todos los niveles de la sociedad, desde el niño de doce años que tiene como horizonte vital su pertenencia a la mara, hasta el hijo de familia bien establecida que tiene la vida "resuelta" (porque se la han resuelto) y ante el futuro gris que intuye, se dedica a jugar y entretenerse con juguetes peligrosos: drogas, alcohol e irresponsabilidad.

Ambos terminan en las pandillas. Uno en Soyapango, el otro en la Gran Vía. Los dos tienen una corta esperanza de vida. Morirán jóvenes. El primero literalmente, el segundo, vivirá muerto en vida. Muerto de hastío y ahogado en la abundancia.

La solución del espantoso problema de cada pandillero pasa por la educación. No hay duda. Pero más importante que saber hacer cosas, más importante que sentir que uno tiene el tiempo ocupado, que se prepara para el mañana, es tener mañana.

No he oído ninguno de los candidatos hablando de que es necesario devolver a las personas, principalmente a los más jóvenes, su dignidad. Me choca escuchar todo en función de castigo y prevención, tomando la educación como si fuera una varita mágica cambia vidas.

No hablo teóricamente, hay quienes han logrado el milagro de devolver a las personas su dignidad, basándose en la idea de que una vez uno empieza a apreciar su vida, necesariamente termina valorando la de los demás. Un ejemplo, que me parece interesante tratar en una nota posterior, es el de Medellín. Veremos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org