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Emprendiendo a pie

Los emprendedores no sólo cambian las formas de producir, sino también las de percibir. En lo personal, creo firmemente que el destino de una ciudad no depende de sus autoridades sino de quienes viven en ella, de cada individuo

¿Cuándo fue la última vez que caminó seguro y libre por San Salvador mientras aprendió un poco de su ciudad? ¿Cuándo fue la última vez que, además, se hizo acompañar de extraños para fotografiar su ciudad? Hablemos de emprendimiento a pie. De emprendedores se está hablando todos los días. Hay incontables foros, espacios en medios y concursos dedicados a estos motores de la sociedad, que combinan creatividad con sus habilidades para llevarnos servicios y bienes mejores, innovadores y frescos que terminan mejorando nuestra calidad de vida. Son la cara del eslogan de una sociedad liberal: “la única forma legítima de enriquecerse es enriqueciendo a otros en el camino”.

Al hablar de estas personas, es indudable pensar en adelantos tecnológicos, pues son los que más resaltan, como aquellos que han facilitado servicios financieros a personas de bajos recursos, los que crearon una red gigante de hospedajes sin realmente construir una propiedad o los que te permiten contratar taxis seguros a altas horas de la noche, sabiendo de antemano quién es tu conductor y qué han dicho de este sus clientes previos.

Todos ellos parecen haber resuelto necesidades que bajo mecanismos tradicionales parecían virtualmente imposibles de superar y han motivado a otros soñadores a subirse en estos inventos y continuar el ciclo de la innovación. 

A los emprendedores se les mira como héroes y realmente lo son. Vivimos en sociedades donde la tramitología reina: se establecen procesos complejos, ilógicos y tediosos que alimentan de forma creciente a una robusta burocracia formada por grises funcionarios. Innovar en estas sociedades es un salto de fe y,  en la mayoría de casos, los resultados no son los esperados, pero lo vuelven a intentar.

El resultado de este proceso, en gran parte,  desemboca en mayor riqueza económica, pero en algunas situaciones particulares los emprendedores terminan generando una riqueza cultural muy grande. Quiero referirme hoy al caso de Edwin C. y su visión sobre un nuevo San Salvador.

Al pensar en nuestra ciudad, la suponemos hostil, intransitable, agreste y, a decir verdad, algo de razón tendremos al pensar así. La colonización comercial de nuestras aceras, los limitados espacios públicos y la sombra de la inseguridad nos han privado de ese San Salvador del que deberíamos ser propietarios, donde nos sentimos motivados a interactuar e intercambiar. 

¿Cómo podría un salvadoreño acercar a otros a su ciudad? Edwin, un viajero de corazón, ha importado a El Salvador la siempre útil tradición de los “Free Walking Tours”: una reunión de extraños que recorren los puntos históricos de un sitio, interactúan con sus habitantes (y entre ellos) y aprenden de un guía cuyo único ingreso dependerá de la satisfacción de estos traducida en propinas.

Esta modalidad de recorrido tiene la flexibilidad de parecerse a lo que el grupo necesita, obliga a quien provee el servicio a ofrecer rutas y discusiones de calidad (de lo contrario no recibirá propinas) y poco a poco cambia la forma en que hemos tratado a nuestra ciudad: en lugar de añorarla tras vidrios reforzados, la experimentamos desde el terreno. Además alienta a que extraños conversen sobre lo recorrido, pongan a nuestra ciudad al centro de su mesa de discusión. Edwin y sus “EC Tours” (¡búsquenlos!) están tratando de aplicar herramientas de una ciudad grande a nuestra vilipendiada capital. Están humanizando los recorridos que en las guías turísticas aparecen con advertencias y le ofrecen a quien nos visita (o a quien vive acá) una fotografía real de lo que se vive.

Los emprendedores no sólo cambian las formas de producir, sino también las de percibir. En lo personal, creo firmemente que el destino de una ciudad no depende de sus autoridades sino de quienes viven en ella, de cada individuo. Los “Free Walking Tours” de San Salvador también nos enriquecen: mientras Edwin recibe propinas a cambio de su servicio, quienes recorremos absorbemos los colores, los usos, la vitalidad y la pasión de vibrantes porciones de la ciudad que nos han recomendado no visitar. 

*Columnista de El Diario de Hoy.